jueves, 13 de agosto de 2026

 La frase "Los nombres mienten, pero las cosas existen" contiene una tensión filosófica muy antigua. En apenas siete palabras enfrenta dos mundos: el del lenguaje y el de la realidad.

Los nombres son invenciones humanas. Son etiquetas que colocamos sobre el mundo para ordenarlo, clasificarlo y hacerlo habitable. Pero toda etiqueta simplifica. Llamar "democracia", "libertad", "progreso", "patria" o "terrorismo" a algo no garantiza que la realidad corresponda a esas palabras. El nombre puede convertirse en un disfraz. La propaganda lo sabe muy bien: basta cambiar el nombre de una guerra por "operación de paz" para alterar la percepción de millones de personas.

Las cosas, en cambio, existen con independencia de cómo las llamemos. Un árbol sigue siendo un árbol aunque todas las lenguas desaparezcan. El hambre no deja de doler porque se la llame "inseguridad alimentaria". La pobreza no desaparece porque un gobierno la rebautice como "desafío económico". La realidad posee una obstinación silenciosa: resiste a las palabras.

La frase también recuerda una intuición de la filosofía: el mapa no es el territorio. El lenguaje es un puente hacia el mundo, no el mundo mismo. Cuando olvidamos esa diferencia, terminamos creyendo que modificar el vocabulario equivale a transformar la realidad.

Sin embargo, la sentencia no condena al lenguaje. Los nombres también hacen posible el pensamiento, la ciencia y la poesía. Lo que advierte es que no debemos confundir el signo con la cosa. Las palabras iluminan, pero también pueden ocultar.

Hay incluso una dimensión ética. Vivimos en una época donde abundan las marcas, las etiquetas y los relatos. Se discute más sobre cómo nombrar los problemas que sobre resolverlos. La frase nos invita a una disciplina intelectual: mirar primero la realidad y después el discurso, invertir el orden al que la propaganda nos ha acostumbrado.

En el fondo, es una llamada al realismo. Nos dice: desconfía de las palabras cuando pretendan sustituir a los hechos. Porque los nombres pueden mentir, cambiar de moda o servir a intereses. Las cosas, con toda su dureza y su belleza, siguen ahí, esperando que alguien tenga el valor de mirarlas sin el velo de los nombres. 

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