jueves, 27 de agosto de 2026

 ¡LO DEFIENDE! La legendaria actriz y activista JANE FONDA ha defendido a Mark Ruffalo de las críticas de Paramount, que en un reciente comunicado llamó al actor “antis3mita” por oponerse a la fusión entre WB y la compañía, que está financiada por Oracle, empresa que presta servicios tecnológicos al gobierno de Israel. “Llamar antis3mita a su crítica es una calumnia para deslegitimar la crítica a la fusión y para distraer de la pregunta que Paramount preferiría no responder: ¿Debería permitirse que una sola empresa acumule tanto poder sobre nuestras películas, televisión y noticias?” Ambos actores han sido reconocidos por sus posicionamientos públicos a favor de Palestina y por apoyar otras causas sociales a lo largo de sus trayectorias.

La fábrica de indignaciones selectivas

George Carlin solía decir que cuando algo parece absurdo, lo primero que hay que hacer es seguir el dinero. No porque el dinero explique todo, sino porque suele explicar bastante más de lo que aparece en los noticieros.

Estos días, una parte del debate público gira alrededor de una pregunta aparentemente sencilla: ¿es legítimo criticar a una empresa, a un gobierno o a una fusión corporativa sin que te acusen de odiar a todo un pueblo? Parece una pregunta fácil. No lo es. Porque vivimos en una época donde las etiquetas se han convertido en armas arrojadizas y donde el escándalo suele estar cuidadosamente administrado.

Observemos el espectáculo.

Un actor critica una fusión empresarial. Otro actor lo defiende. Una corporación responde con comunicados. Los comentaristas profesionales aparecen en televisión. Las redes sociales arden. Todo el mundo discute sobre quién es moralmente puro y quién es moralmente monstruoso.

Y entonces ocurre algo fascinante.

La conversación deja de tratar sobre el poder.

Ya nadie habla de monopolios mediáticos.

Ya nadie habla de concentración económica.

Ya nadie habla de quién controla los estudios, los periódicos, las plataformas o los algoritmos.

La discusión se convierte en una pelea sobre identidades, etiquetas y sentimientos.

Es como si alguien gritara:

—¡Oigan, la casa se está incendiando!

Y la multitud respondiera:

—Antes de apagar el fuego, necesitamos determinar si el tono de voz del denunciante fue apropiado.

La casa sigue ardiendo, por supuesto.

Pero el procedimiento se ha cumplido.

Las sociedades modernas han perfeccionado una técnica extraordinaria: transformar cualquier debate sobre poder en un debate sobre comportamiento.

¿Te preocupa quién controla los medios?

Hablemos de tus modales.

¿Te preocupa quién financia una guerra?

Hablemos de tus palabras.

¿Te preocupa la influencia política de una corporación?

Hablemos de tu actitud.

Es una forma elegante de cambiar de tema sin que parezca que cambiaste de tema.

Y lo más interesante es que funciona.

Funciona porque los seres humanos no somos especialmente racionales. Somos tribales. Nos gustan los equipos. Queremos saber quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Queremos una camiseta que vestir y un enemigo al que abuchear.

Las estructuras de poder entienden perfectamente esta debilidad.

Mientras la multitud se divide entre bandos, los accionistas siguen cobrando dividendos.

Mientras los usuarios se insultan en internet, las fusiones avanzan.

Mientras las personas corrientes se acusan mutuamente de monstruos, los verdaderos centros de poder permanecen fuera del encuadre.

Es una vieja estrategia.

No importa si hablamos de gobiernos, corporaciones o partidos políticos.

Cuando la discusión se acerca demasiado al dinero o al poder, alguien encuentra la manera de convertirla en una discusión sobre otra cosa.

Sobre símbolos.

Sobre gestos.

Sobre declaraciones.

Sobre escándalos.

Sobre cualquier cosa excepto sobre el mecanismo que mueve la máquina.

Y aquí aparece la pregunta incómoda.

¿Por qué algunas injusticias reciben cobertura constante y otras apenas una nota al pie?

¿Por qué algunas víctimas son presentadas como universales mientras otras parecen invisibles?

¿Por qué ciertos gobiernos son examinados con lupa mientras otros reciben una cortesía diplomática infinita?

La respuesta no es que exista una conspiración secreta controlándolo todo.

La respuesta es mucho más simple y mucho más deprimente.

El poder protege al poder.

Las alianzas protegen a las alianzas.

Los intereses protegen a los intereses.

Y la indignación pública suele distribuirse siguiendo rutas sorprendentemente parecidas a las del dinero y la influencia.

No siempre.

Pero con una frecuencia demasiado alta para ser una coincidencia.

Por eso conviene desconfiar de los espectáculos morales excesivamente perfectos.

Cuando todos los focos apuntan hacia una persona concreta, vale la pena preguntarse qué está ocurriendo fuera del escenario.

Cuando una discusión se vuelve exclusivamente emocional, vale la pena preguntarse quién se beneficia de que deje de ser racional.

Y cuando una corporación gigantesca, un gobierno poderoso o una élite económica dicen que el verdadero problema es una frase pronunciada por un actor, quizá sea prudente revisar si el problema realmente es la frase.

O si la frase simplemente señaló algo que no debía señalarse.

Porque la historia moderna está llena de personas equivocadas por las razones correctas y de personas correctas por las razones equivocadas.

Pero también está llena de poderosos que descubrieron una verdad fundamental:

Si logras controlar la conversación, no necesitas ganar el debate.

Solo necesitas asegurarte de que nadie siga hablando de aquello que realmente importa.

Bibliografía recomendada

  • Noam Chomsky y Edward S. Herman, Manufacturing Consent.

  • Naomi Klein, La doctrina del shock.

  • Shoshana Zuboff, La era del capitalismo de la vigilancia.

  • Robert McChesney, Rich Media, Poor Democracy.

  • Chris Hedges, Empire of Illusion.

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