Según varias informaciones publicadas esta semana, Esther González fichó por el club saudí Al-Qadsiah y, poco después, desaparecieron de sus redes sociales las fotografías en las que aparecía junto a su esposa, Estefanía Cruz, y el hijo que tienen en común. Esto provocó una fuerte polémica en redes sociales.
La Futbolista, el Imperio y la Máquina de la Indignación
Hay algo fascinante en la indignación moderna. No porque sea rara, sino porque parece funcionar con el mismo criterio con el que un gato decide qué objeto tirar de la mesa: nunca el más pesado.
Una futbolista se va a jugar a Arabia Saudí. Borra una foto de su esposa. Internet entra en combustión espontánea.
Miles de personas escriben mensajes furiosos. Algunos exigen explicaciones. Otros hablan de traición. Los más inspirados redactan manifiestos morales de cuatrocientas palabras mientras comen papas fritas en el sofá.
Y entonces surge una pregunta incómoda:
¿Por qué la furia se concentra en la futbolista y no en el sistema entero?
Porque el sistema es grande. Y las personas grandes asustan.
Una jugadora de fútbol es un blanco perfecto. Tiene nombre, cara, cuenta de Instagram y probablemente un community manager que llora cada vez que abre las notificaciones.
En cambio, ¿cómo se cancela una alianza geopolítica?
¿A quién le escribes?
¿Al Pentágono?
¿A Exxon?
¿A la Casa Blanca?
¿A la junta directiva de una petrolera?
La indignación digital necesita objetivos blandos. Necesita presas alcanzables. Necesita alguien que pueda leer los insultos.
Es mucho más fácil gritarle a una deportista que explicar cincuenta años de relaciones estratégicas entre Estados Unidos y Arabia Saudí.
Porque eso requiere leer.
Y leer es una actividad profundamente impopular.
El truco favorito del poder
Los imperios han descubierto algo extraordinario.
Si consigues que la población discuta sobre individuos, nadie hablará de estructuras.
La conversación se convierte en:
—¿Por qué borró la foto?
En lugar de:
—¿Por qué existen estas condiciones?
—¿Quién las financia?
—¿Quién las protege?
—¿Quién obtiene beneficios?
La diferencia es enorme.
Una pregunta apunta a una persona.
La otra apunta a un sistema.
Y los sistemas tienen abogados.
La matemática de la indignación
Imaginemos una escala.
En un lado tienes una futbolista.
En el otro tienes gobiernos, industrias energéticas, fabricantes de armas, organismos deportivos internacionales y décadas de política exterior.
¿Sobre quién cae la tormenta?
Sobre la futbolista.
Es como descubrir que tu casa está inundada y decidir golpear al termómetro.
No arregla nada.
Pero da una agradable sensación de actividad.
Y la sensación de actividad es una de las drogas favoritas de la época.
Los héroes de teclado
Internet está lleno de revolucionarios que jamás han amenazado un centro de poder.
Nunca.
No porque sean cobardes.
Bueno, a veces sí.
Pero sobre todo porque es más seguro señalar a alguien que tiene menos poder que tú imaginas.
La futbolista puede leer los mensajes.
El complejo militar-industrial no.
La deportista puede sentirse avergonzada.
Las grandes corporaciones no tienen sentimientos.
La jugadora puede responder.
Los gobiernos rara vez lo hacen.
Por eso las redes producen una ilusión de valentía.
La gente cree que está enfrentando al poder cuando en realidad está discutiendo con empleados del sistema.
El espectáculo perfecto
Y aquí está el golpe maestro.
Mientras millones de personas discuten sobre una foto borrada, los asuntos verdaderamente importantes desaparecen del escenario.
Las guerras continúan.
Los contratos continúan.
Las alianzas continúan.
Los negocios continúan.
Todo sigue exactamente igual.
La única diferencia es que ahora una futbolista tiene el día arruinado.
El poder adora estas situaciones.
Porque la indignación dirigida hacia abajo es energía desperdiciada.
Es un relámpago que nunca toca tierra.
Epílogo
No se trata de que la jugadora sea intocable.
Las decisiones públicas pueden ser criticadas.
Por supuesto que sí.
La cuestión es otra.
Cuando toda nuestra energía moral se concentra en las personas menos poderosas involucradas en una historia, algo extraño está ocurriendo.
Es como ver una película de mafiosos y salir del cine furioso con el camarero.
La indignación puede ser una herramienta de justicia.
Pero también puede convertirse en entretenimiento.
Y cuando la indignación se convierte en entretenimiento, los verdaderos dueños del circo ya no tienen nada de qué preocuparse.
No hay comentarios:
Publicar un comentario