jueves, 27 de agosto de 2026

 

La democracia según el departamento de devoluciones

George Carlin probablemente habría disfrutado esta observación de Alberto Moravia:

“Curiosamente, los votantes no se sienten responsables de los fracasos del gobierno que han votado.”

Porque describe uno de los deportes favoritos de la humanidad: comprar algo, romperlo y luego exigir un reembolso.

La gente vota como quien adopta un tigre porque se veía bonito en las fotos. Durante meses presume de su nueva mascota. Les explica a todos que es el tigre más inteligente, más fuerte y más honesto del zoológico. Critica a quienes eligieron un león o un oso. Comparte memes del tigre. Lleva camisetas del tigre.

Entonces el tigre se come al vecino.

Y de pronto nadie conoce al tigre.

—¿Quién votó por él?

Silencio.

—¿Quién decía que era la solución?

Silencio.

—¿Quién compartía sus discursos?

Silencio.

Parece que el animal llegó solo al gobierno mediante generación espontánea.

Lo fascinante es que muchas personas entienden la democracia como si fuera un servicio de entrega a domicilio. Depositan una papeleta cada ciertos años y luego se convierten en clientes indignados.

“Yo voté por él, pero no soy responsable.”

Interesante teoría.

Imaginen aplicar esa lógica a otros ámbitos.

“Sí, contraté al arquitecto que construyó la casa sin cimientos, pero no tengo ninguna responsabilidad.”

“Sí, elegí al capitán que estrelló el barco contra un iceberg, pero no tengo nada que ver.”

“Sí, invité al pirómano a cuidar la biblioteca, pero nadie podía prever que le gustara el fuego.”

Bueno... algunas pistas sí había.

Por supuesto, tampoco hay que caer en el extremo contrario. Un votante no controla cada decisión de un gobernante. Los políticos mienten, traicionan promesas y ocultan información. La responsabilidad principal pertenece a quienes ejercen el poder.

Pero hay una diferencia entre ser culpable de todo y no ser responsable de nada.

Esa diferencia parece haberse perdido.

Vivimos en una época donde todo el mundo exige rendición de cuentas excepto para sí mismo. Los políticos deben asumir responsabilidades. Los empresarios deben asumir responsabilidades. Los periodistas deben asumir responsabilidades. Los jueces deben asumir responsabilidades.

Y los ciudadanos responden:

—Excelente idea. Avísenme cuando les toque a los demás.

Quizás por eso los gobiernos se parecen tanto a sus sociedades. No porque cada ciudadano sea idéntico a sus gobernantes, sino porque ambos comparten la misma costumbre de buscar méritos y esconder culpas.

Cuando las cosas salen bien, aparece el orgulloso “ganamos”.

Cuando salen mal, aparece el mágico “ellos”.

Nunca “nosotros”.

La democracia, después de todo, no es un restaurante donde uno devuelve el plato porque no le gustó el sabor. Es un sistema en el que millones de personas participan en decisiones colectivas. Algunas veces aciertan. Otras veces se equivocan.

Y la madurez política comienza el día en que alguien puede decir una frase extraordinariamente rara:

“Los hechos demostraron que estaba equivocado.”

Esa frase tiene menos apariciones en la política moderna que los unicornios, los dragones y los presupuestos equilibrados.

Porque admitir un error requiere algo que ninguna ideología vende y ningún candidato promete:

Humildad.

Y la humildad, al parecer, obtiene muchos menos votos que la certeza absoluta.

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