La noche en que las campanas llamaron a la muerte: crónica de la Matanza de San Bartolomé
Había comenzado como una boda.
París estaba vestida de fiesta en agosto de 1572. Las calles olían a pan recién horneado, a vino y a esperanza. La unión entre Enrique de Navarra, líder protestante, y Margarita de Valois, hermana del rey, parecía anunciar el final de décadas de guerras religiosas entre católicos y hugonotes.
Pero algunas fiestas esconden un cuchillo debajo del mantel.
Miles de nobles protestantes habían viajado a París para celebrar el matrimonio. Estaban lejos de sus fortalezas, rodeados por una ciudad profundamente católica. Era como entrar voluntariamente en la boca de un lobo creyendo que sonreía.
En el corazón del poder estaba Catalina de Médici, una mujer cuya fama quedó marcada por la astucia y el temor a perder el control del reino. Su hijo, el joven rey Carlos IX de Francia, gobernaba un país desgarrado por la religión.
Entonces ocurrió un hecho decisivo.
El almirante Gaspard II de Coligny, principal dirigente protestante y consejero del rey, sufrió un atentado. Sobrevivió, pero los hugonotes exigieron justicia. En la corte comenzó a extenderse el miedo. Algunos pensaron que los protestantes responderían con una rebelión.
La decisión fue terrible.
Durante la noche del 23 al 24 de agosto, día de San Bartolomé, las campanas de la iglesia de Saint-Germain-l'Auxerrois comenzaron a sonar.
No llamaban a misa.
Llamaban a matar.
Los primeros en caer fueron los líderes protestantes. Coligny fue asesinado en su habitación. Su cuerpo fue arrojado por una ventana y una multitud enfurecida lo mutiló.
Después, la violencia dejó de obedecer órdenes.
París se convirtió en un laberinto donde la religión era una sentencia de muerte. Casas marcadas, puertas derribadas, vecinos denunciando vecinos. Hombres, mujeres y niños fueron perseguidos por las calles, lanzados al río Sena o ejecutados dentro de sus hogares.
La sangre empezó siendo política.
Terminó siendo costumbre.
Durante varios días la ciudad fue un inmenso escenario de terror. La matanza se extendió después a otras ciudades francesas. Las cifras siguen siendo discutidas por los historiadores, pero se calcula que murieron entre 5,000 y más de 20,000 personas en todo el reino.
Enrique de Navarra sobrevivió.
Para salvar la vida aceptó convertirse temporalmente al catolicismo y permaneció bajo vigilancia en la corte. Años después escapó, recuperó el liderazgo protestante y finalmente llegó al trono como Enrique IV. Con el tiempo promulgó el Edicto de Nantes, que concedió cierta tolerancia religiosa y puso fin a gran parte del conflicto.
La Matanza de San Bartolomé cambió Europa.
Los protestantes la recordaron como la prueba de que el fanatismo podía vestir corona. Los católicos moderados quedaron horrorizados por la magnitud de la violencia. La confianza entre ambos bandos quedó destruida durante generaciones.
La historia suele decir que aquello fue una guerra de religión.
Pero quizá fue algo más inquietante.
Las religiones no empuñan espadas.
Las espadas las empuñan personas convencidas de que Dios ha firmado sus órdenes.
Y cuando un gobernante logra persuadir a una multitud de que matar al vecino es un acto de virtud, las campanas dejan de marcar las horas.
Empiezan a contar los muertos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario