viernes, 10 de julio de 2026

Escuchen esto, porque es demasiado perfecto para no destriparlo. Ricardo Salinas Pliego, uno de esos tipos que tiene más ceros en su cuenta bancaria que neuronas activas en la cabeza de un político promedio, sale en sus redes sociales con un comunicado que parece sacado de un manual de relaciones públicas escrito por un monje budista bajo los efectos del peyote:

"En mis empresas no se permite el maltrato ni la violencia contra ningún ser vivo..."

Pausa dramática.

"...(los chairos no cuentan, seres tontos)."

¡Boom! Ahí está. El hombre que controla televisiones, bancos y un pedazo considerable del oxígeno económico de México acaba de conceder derechos básicos a perros, gatos, vacas y hasta a las malditas hormigas de su jardín... pero excluye explícitamente a los "chairos". Esos seres tontos. Esos organismos inferiores que, según el evangelio salinasiano, no merecen ni el mínimo decoro que se le daría a una cucaracha.

Esto, amigos, es comedia de alto nivel. Es poesía corporativa. Es el capitalismo tardío diciéndote en tu cara lo que siempre supiste pero nadie se atrevía a tuitear: algunos animales son más iguales que otros.

George Carlin estaría babeando de gusto. Porque Carlin pasó su vida entera señalando exactamente esta mierda: cómo usamos el lenguaje para crear categorías mágicas que nos permiten tratar a ciertos grupos como si fueran menos que humanos. Los judíos, los negros, los musulmanes, los gays, los rojos, los chairos... da igual la etiqueta del momento. La técnica es siempre la misma: primero los deshumanizas con una palabra graciosa ("chairo" suena casi tierno, ¿verdad? Como si dijeras "boludo" o "pendejo" pero con aroma a activismo de Twitter), luego justificas cualquier cosa que les hagas.

Salinas no dijo "odio a los pobres". Dijo "seres tontos". Mucho más elegante. Más mexicano. Más siglo XXI. Es el insulto del empresario ilustrado que lee a Nietzsche en el yate mientras sus empleados firman contratos de ochocientos pesos semanales.

Al excluir explícitamente a los simpatizantes de la llamada "4T" de la categoría de "seres vivos" protegidos contra la violencia en sus declaraciones, el mensaje provocó de inmediato que en redes sociales y medios de comunicación se interpretara y resumiera de esa manera: que para el empresario, la integridad de este grupo político se encuentra por debajo de la de los animales.

Y miles aplauden. Porque ya entendieron el negocio: si deshumanizas primero, cualquier cosa que venga después parece un chiste.

Porque cuando el adversario deja de ser un ser humano y se convierte en un apodo despectivo, ya no estamos discutiendo ideas. Estamos entrenándonos para dejar de sentir empatía.

Y esa siempre ha sido una de las formas más peligrosas de degradar una conversación democrática. No empieza con la violencia. Empieza con una risa. Luego con un insulto. Después con la idea de que hay personas que "no cuentan".

Analicemos la lógica detrás de esto, porque es fascinante. El mensaje implícito es: "Por favor, cuiden a los animales. No los golpeen, no los envenenen, tengan compasión. Pero si ven a un simpatizante del gobierno actual, siéntanse libres de pasarle por encima con el carrito del supermercado, porque técnicamente no califican como formas de vida protegidas por el departamento de Relaciones Públicas".

Esto no es solo un insulto de cantina; es deshumanización con denominación de origen. Es el lenguaje clásico de los dueños de las plantaciones, de los señores feudales, de los aristócratas que miraban por la ventana de su carruaje y solo veían un paisaje borroso lleno de "cosas" que les debían impuestos. Para esta gente, el mundo se divide en dos: los que pagan con tarjeta de crédito Black y el inventario. Y si estás en el inventario, tu valor de mercado es inferior al de un Golden Retriever.

Lo que realmente me mata de risa es la hipocresía del diseño. El tipo te vende una televisión a pagos chiquitos durante setenta y dos semanas, cobrándote un interés que haría sonreír al mismísimo Lucifer, y mientras te extrae hasta los últimos centavos de los bolsillos, se da el lujo de twittear que tu existencia es un error estadístico. Te deshumaniza con la mano izquierda mientras te cobra la mensualidad con la derecha. Es un negocio redondo: te quito el dinero y, de paso, te quito la categoría de mamífero.

Y la gente se indigna en las redes sociales. ¡Se rasgan las vestiduras! "¡Oh, qué escándalo, nos llamó tontos, dijo que no contamos!". Por supuesto que dice que no cuentan. ¿Por qué habrían de contar? En su mundo, las únicas cosas que cuentan son las acciones en la bolsa, los intereses moratorios y el saldo de sus cuentas en las Islas Caimán. Si no sumas al PIB personal del patrón, eres solo ruido de fondo. Eres un píxel defectuoso en la pantalla de su realidad.

Así que ahí lo tienen. El nuevo orden biológico. Si eres un perro, felicidades, tienes derecho a la empatía ejecutiva. Pero si eres un ciudadano con una ideología política que no le agrada al club de golf, mala suerte. Has sido degradado en la cadena alimenticia. La próxima vez que veas un comunicado sobre la no violencia, lee las letras chiquitas. Porque en el maravilloso mundo del capitalismo salvaje, todos somos iguales... pero algunos son más animales que otros.

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