viernes, 10 de julio de 2026

 ¿Defender una herencia de 500 millones? Qué gesto tan tierno

Hay algo enternecedor en el ser humano. No importa si apenas llega a fin de mes, si el banco le cobra intereses por existir o si lleva veinte años esperando un aumento. Si escucha la frase "impuesto a las grandes herencias", de pronto se transforma en el abogado personal de los multimillonarios.

"¡Es una injusticia!"

¿Injusticia? ¿Para quién? ¿Para el señor que heredará un departamento? No. Estamos hablando del tipo que heredará suficientes millones como para comprar el edificio entero, demolerlo y construir otro más grande para guardar su colección de relojes.

Pero ahí está el ciudadano común, dispuesto a inmolarse por el sagrado derecho de un desconocido a transmitir quinientos millones sin que el Estado toque un peso.

Es fascinante.

La magia del sistema no consiste en hacer ricos a todos. Consiste en hacer que millones de personas piensen como ricos... antes de serlo. Es como convencer a un pasajero de clase turista de que proteste porque quieren reducir el espacio para las piernas en primera clase.

Y funciona.

Porque el debate deja de ser: "¿Es conveniente gravar fortunas gigantescas?" y se convierte en: "¿Cómo se atreven a tocar la propiedad privada?"

La propiedad privada... de otros.

Y entonces aparece la frase favorita:

"Ya pagaron impuestos."

Qué curioso. Cuando un trabajador paga IVA, ISR, predial, tenencia, gasolina con impuestos y luego vuelve a pagar impuestos por lo que compra, nadie organiza una cruzada filosófica contra la doble tributación. Pero cuando se habla de cientos de millones heredados, de repente descubrimos que los impuestos repetidos son una tragedia moral.

No deja de ser curioso.

Y luego está el otro extremo: asumir que toda gran fortuna es robada. Tampoco funciona así. Algunas sí provienen de corrupción; otras, de negocios legítimos; muchas mezclan décadas de trabajo, privilegios, contactos, monopolios, regulaciones favorables y, en algunos casos, actos ilegales. Cada patrimonio tiene su historia.

Pero el verdadero espectáculo no está ahí.

Está en ver a personas que jamás heredarán una fortuna de quinientos millones discutir con pasión como si el notario fuera a llamarlas mañana para entregarles un imperio.

Eso es extraordinario.

El sistema no solo distribuye riqueza. Distribuye sueños. Y algunos sueños son tan poderosos que consiguen que defiendas intereses que probablemente nunca serán los tuyos.

Quizá tengan razón. Quizá gravar las grandes herencias sea una mala idea.

O quizá sea una buena.

Lo interesante no es la respuesta. Lo interesante es cómo conseguimos que un país donde la mayoría nunca verá una fortuna semejante convierta la defensa de esas fortunas en una causa personal.

Eso sí es una obra maestra.

No de la economía.

De la imaginación.

Hace veinte años los multimillonarios decían: "Voy a dejarles todo a mis hijos."

Hoy dicen: "No puedo dejarles todo porque nunca aprenderán a trabajar."

¡Qué maravilla! Los mismos tipos que antes defendían la herencia como el mayor acto de amor, ahora descubrieron que quinientos millones de dólares son... una mala influencia.

Pero aquí viene lo divertido.

Si un padre decide no dejarles el dinero porque cree que los convertirá en inútiles, todos aplauden.

"Qué sabio."

Pero si el Estado propone cobrar un pequeño porcentaje de esa misma fortuna...

"¡Comunismo! ¡Ataque a la familia! ¡La civilización se derrumba!"

Así que una herencia puede ser tan enorme que destruya el carácter de un hijo... pero jamás tan enorme como para soportar un impuesto.

Resulta que el problema no era el dinero.

Era quién decidía sobre él.

Porque cuando el multimillonario dice "no les dejaré nada", eso es virtud.

Cuando el Estado dice "una parte irá a impuestos", eso es tiranía.

Curioso.

Al final descubrimos que la discusión nunca fue sobre educar hijos responsables.

Siempre fue sobre quién tiene la última palabra sobre una montaña de dinero que el 99 % de la población jamás verá ni en fotografías.

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