lunes, 13 de julio de 2026

 Les encanta la palabra milagro.

"Milagro económico."

¿No les parece curioso? Cuando los ricos ganan muchísimo dinero, es un milagro. Cuando los pobres se rompen la espalda para producir ese dinero, es simplemente "empleo".

Brasil, años setenta. La dictadura militar anuncia al mundo que el país vive un milagro. El PIB crece. Se levantan puentes gigantescos. Carreteras interminables. Presas monumentales. Rascacielos que parecen desafiar la gravedad.

Y todos aplauden.

Porque la humanidad tiene un extraño fetiche por los edificios altos. Si algo mide cincuenta pisos, automáticamente asumimos que también mide cincuenta pisos de progreso.

Pero nadie pregunta quién mezcló el cemento.

Nadie pregunta quién cargó las vigas bajo cuarenta grados.

Nadie pregunta cuántos obreros regresaron completos a casa.

Porque esas personas no forman parte del milagro. Son el combustible del milagro.

Es como admirar un cohete sin preguntarte de qué estaban hechas las llamas.

Los economistas muestran gráficas.

"Miren esta línea. ¡Sube!"

Sí, la línea sube.

Ahora enséñame la espalda del albañil.

Enséñame sus pulmones llenos de polvo.

Enséñame sus manos abiertas como mapas rotos.

Ah... esas gráficas no vienen en el informe anual.

El capitalismo tiene un truco maravilloso.

Si un hombre muere construyendo un edificio de lujo, no aparece como una tragedia. Aparece como un costo operativo.

Una cifra.

Una estadística.

Un pequeño ajuste presupuestal.

Porque los muertos no demandan indemnizaciones.

Los muertos tampoco organizan sindicatos.

Los muertos tienen la pésima costumbre de mejorar muchísimo las utilidades.

Y aquí viene mi parte favorita.

Décadas después la gente señala esos rascacielos y dice:

—¡Qué grande fue aquella época!

Claro.

También las pirámides son impresionantes.

Pero nadie las llama "el milagro económico egipcio".

Todos entendemos que fueron construidas por gente cuya vida valía menos que la piedra que cargaban.

Qué curioso.

Cuando ocurrió hace cuatro mil años lo llamamos explotación.

Cuando ocurrió hace cincuenta años lo llamamos desarrollo.

Las palabras hacen magia.

No dices "dictadura".

Dices "estabilidad".

No dices "represión sindical".

Dices "clima favorable para la inversión".

No dices "salarios miserables".

Dices "competitividad".

No dices "personas desechables".

Dices "recursos humanos".

¡Recursos!

Como si una persona fuera petróleo.

Hierro.

Madera.

Algo que extraes, usas y reemplazas.

Y luego llegan los turistas.

Miran el horizonte de São Paulo.

Fotografían Brasilia.

Admiran los puentes.

Los hoteles.

Los edificios.

Nunca fotografían el lugar donde murió el albañil número 317.

Porque ese sitio no aparece en Google Maps.

No tiene placa.

No vende recuerdos.

El cemento tiene una virtud extraordinaria.

No sólo sostiene edificios.

También sepulta memorias.

El verdadero milagro no fue el crecimiento económico.

El verdadero milagro fue convencer a millones de personas de que los edificios crecían solos.

Como si el concreto se vertiera por voluntad divina.

Como si el acero caminara hasta las alturas.

Como si los ascensores hubieran sido instalados por ángeles con casco amarillo.

Pero no.

Todo eso tuvo un precio.

Y ese precio tenía nombre.

Tenía esposa.

Tenía hijos.

Tenía sueños.

Sólo que en los libros de economía dejó de llamarse João o Antônio.

Se convirtió en una variable.

En una tasa de accidentes.

En una nota al pie.

Porque los imperios siempre cuentan sus edificios.

Nunca sus esqueletos.

Y quizá esa sea la definición más honesta de un "milagro económico": una época en la que el concreto vale más que quienes lo mezclan, y donde el éxito de una nación se mide por la altura de sus torres, mientras las vidas enterradas bajo sus cimientos desaparecen del relato oficial, como si nunca hubieran existido.

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