Confíen en el Imperio
Hay una frase que aparece en América Latina cada cierto tiempo, como una gripe estacional:
"Hay que confiar en Estados Unidos."
¿Confiar?
Es curioso. Nadie te dice que confíes en el vecino que ya te robó tres veces la bicicleta. Nadie te pide que confíes en el banco que acaba de cobrarte una comisión absurda. Pero cuando se trata de un imperio... ahí sí. Ahí hay que sonreír y decir: "Seguro esta vez viene con buenas intenciones".
Porque los imperios nunca llegan diciendo: "Venimos por sus recursos, su posición geográfica y su influencia política". No. Llegan con un folleto brillante.
Primero era "civilizar".
Luego "combatir el comunismo".
Después "llevar la democracia".
Más tarde "la guerra contra las drogas".
Luego "la guerra contra el terrorismo".
Y mañana será "proteger la inteligencia artificial", "defender la libertad digital" o cualquier otro eslogan fabricado por un departamento de relaciones públicas.
Siempre cambia el nombre.
El mecanismo es el mismo.
Y no, esto no significa que Estados Unidos sea el único país que persigue sus intereses. Todas las potencias lo hacen. La diferencia es que unas tienen más capacidad para imponerlos.
En América Latina conocemos bien esa historia.
La conocemos porque está escrita en golpes de Estado, bloqueos, intervenciones, presiones económicas, espionaje, financiamiento de grupos aliados cuando conviene y abandono de esos mismos aliados cuando dejan de servir.
Lo extraordinario es que todavía aparezcan políticos diciendo:
"Hay que confiar."
No. La política internacional no funciona con confianza.
Funciona con intereses.
Los gobiernos no tienen amigos.
Tienen conveniencias.
Y cuando la conveniencia cambia... también cambia el discurso.
Hoy eres un aliado estratégico.
Mañana un problema regional.
Pasado mañana una amenaza para la democracia.
Y la semana siguiente vuelves a ser socio comercial.
Así funciona.
Mientras tanto, América Latina sigue discutiendo entre izquierda y derecha como dos pasajeros peleándose por la ventana mientras otro conduce el autobús.
Nos entretienen con guerras culturales.
Con banderas.
Con insultos.
Con identidades.
Mientras los verdaderos jugadores hablan de minerales, rutas marítimas, agua, energía, litio, tierras raras, mercados y tecnología.
Ellos juegan ajedrez.
Nosotros discutimos el color del tablero.
Lo más divertido es escuchar a algunos políticos repetir que "ahora sí" todo será distinto.
Como si la geopolítica funcionara con buenas intenciones.
No funciona así.
Los países poderosos ayudan cuando ayudar coincide con sus intereses.
Y dejan de ayudar exactamente en el momento en que esos intereses cambian.
No es maldad.
Es poder.
Por eso la pregunta nunca debería ser:
"¿Podemos confiar en una potencia?"
La pregunta correcta es:
¿Tenemos instituciones suficientemente fuertes para no depender de la confianza?
Porque un país serio no basa su seguridad en promesas.
La basa en inteligencia, diplomacia, autonomía y ciudadanos capaces de desconfiar incluso de quienes dicen hablar en su nombre.
Los imperios no necesitan que los ames.
Solo necesitan que no hagas demasiadas preguntas.
Y quizá esa sea la función más importante de un ciudadano libre:
No creer automáticamente al político local.
Pero tampoco al extranjero que llega diciendo que viene a salvarte.

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