lunes, 13 de julio de 2026

 En 1993, siendo secretario de Hacienda, Pedro Aspe afirmó que "la pobreza es un mito genial". La expresión completa suele citarse como que "la pobreza es un mito genial de los críticos del sistema" o con variantes muy parecidas. La idea que intentaba transmitir era que, según él, la pobreza se exageraba o se utilizaba políticamente como un relato para desacreditar al gobierno.

Sin embargo, la frase tuvo un efecto devastador en la opinión pública. En un país donde millones de personas vivían en condiciones de pobreza, fue interpretada como una muestra de desconexión e insensibilidad de la élite tecnocrática. Desde entonces, "la pobreza es un mito genial" se convirtió en un símbolo de las críticas al modelo económico neoliberal de los años noventa.

Hay frases que envejecen. Y hay frases que se convierten en fósiles. Las desentierras treinta años después y todavía conservan el olor del salón con aire acondicionado donde fueron pronunciadas.

"La pobreza es un mito genial."

Qué frase tan extraordinaria. No por inteligente. Por reveladora.

Porque hay algo fascinante en el poder. Cuando permanece demasiado tiempo lejos del suelo, empieza a confundir el mapa con el territorio. Mira una gráfica y cree haber conocido una familia. Observa una estadística y piensa que ya escuchó el llanto de un niño.

La pobreza tiene esa mala costumbre de existir aunque alguien con doctorado diga que no.

Es como la lluvia. Puedes negar que cae. El problema es que el paraguas sigue siendo necesario.

La historia está llena de élites que declararon inexistente aquello que no podían resolver. Antes se decía que la esclavitud era el orden natural. Después que las mujeres eran incapaces de votar. Más tarde que los obreros exageraban sus condiciones de vida. Siempre hay alguien dispuesto a convertir el sufrimiento ajeno en un problema de percepción.

Es mucho más barato cambiar el lenguaje que cambiar la realidad.

Porque combatir la pobreza cuesta dinero.

Negarla apenas cuesta saliva.

Y ahí aparece el verdadero milagro de la política.

No consiste en crear riqueza.

Consiste en fabricar relatos donde la riqueza de unos parezca el destino inevitable de todos.

Las palabras también gobiernan.

Si llamas "ajuste" a un recorte, duele menos.

Si llamas "flexibilidad" a la precariedad, parece progreso.

Si llamas "mito" a la pobreza, quizá alguien deje de preguntar por qué sigue existiendo.

Es alquimia verbal.

No transforma el plomo en oro.

Transforma la indiferencia en teoría económica.

Pero la realidad tiene un defecto insoportable.

No lee discursos.

La madre que salta comidas para alimentar a sus hijos no sabe que forma parte de un mito.

El campesino que vende su cosecha por debajo de su costo tampoco.

El trabajador con dos empleos que sigue sin poder comprar una vivienda jamás recibió el memorándum donde le explicaban que su pobreza era una construcción narrativa.

La realidad es brutalmente descortés con las ideologías.

Nunca coopera.

Y quizá esa sea la lección más incómoda.

No importa si el poder es de izquierda o de derecha, tecnócrata o populista, liberal o socialista. El peligro comienza cuando quienes gobiernan dejan de mirar por la ventana y empiezan a mirar únicamente las hojas de cálculo.

Porque las cifras son indispensables.

Pero jamás abrazaron a nadie.

Las estadísticas orientan.

Las personas importan.

Cada vez que un gobernante, un economista o un comentarista reduce millones de vidas a una elegante teoría, nace una distancia peligrosa.

La distancia entre quien explica el hambre...

...y quien cena.

Quizá la pobreza no sea un mito.

El verdadero mito es creer que se puede hablar de ella sin escuchar a quienes la viven.

Y ese sí que ha sido un mito genial.

Ha sobrevivido gobiernos, partidos, crisis económicas y generaciones enteras de expertos.

Mientras tanto, la pobreza sigue haciendo algo profundamente irrespetuoso.

Sigue existiendo.

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