lunes, 13 de julio de 2026

 

El voto universal no fue un regalo de los poderosos. Fue una conquista arrancada durante siglos por personas que terminaron en la cárcel, el exilio, la pobreza o el patíbulo. Cada boleta electoral tiene detrás una larga fila de quienes pagaron un precio para que otros pudieran votar.

Algunas de las figuras más relevantes son:

Thomas Paine. Defendió que la legitimidad del gobierno provenía del pueblo y no de los reyes. Aunque el sufragio seguía siendo limitado en su época, sus ideas inspiraron la expansión de los derechos políticos.

Olympe de Gouges. En plena Revolución Francesa escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, reclamando que las mujeres disfrutaran de los mismos derechos políticos que los hombres. Fue guillotinada en 1793.

Mary Wollstonecraft. Argumentó que negar la educación y los derechos políticos a las mujeres era una forma de opresión incompatible con la libertad.

Frederick Douglass. Tras escapar de la esclavitud, se convirtió en uno de los mayores defensores del sufragio universal, incluyendo el voto para los afroamericanos y el sufragio femenino.

Susan B. Anthony. Dedicó su vida al sufragio femenino. Fue arrestada por votar ilegalmente en 1872.

Emmeline Pankhurst. Fundó la Unión Social y Política de las Mujeres. Sus campañas, huelgas de hambre y encarcelamientos aceleraron el reconocimiento del voto femenino en el Reino Unido.

Millicent Fawcett. Lideró el ala pacífica del movimiento sufragista, demostrando que la presión política podía adoptar distintos caminos.

John Stuart Mill. Como diputado presentó en 1867 una propuesta para extender el voto a las mujeres, algo revolucionario para su tiempo.

Sojourner Truth. Vinculó la lucha contra la esclavitud con la lucha por el sufragio femenino, recordando que la igualdad debía ser para todos.

Martin Luther King Jr.. Su movimiento fue decisivo para la aprobación de la Ley del Derecho al Voto de 1965 en Estados Unidos, que eliminó muchas barreras raciales al sufragio.

Nelson Mandela. Tras décadas de prisión, encabezó la transición hacia una Sudáfrica donde, por primera vez, todos los ciudadanos adultos pudieron votar sin distinción racial en 1994.

B. R. Ambedkar. Arquitecto de la Constitución de la India, impulsó el sufragio universal desde la independencia, pese a la enorme desigualdad de castas.

Los grandes movimientos

Más que una sola persona, hubo movimientos enteros que cambiaron la historia:

Los cartistas en el Reino Unido, que exigieron el sufragio masculino para la clase trabajadora.

Las sufragistas y sufragistas constitucionalistas, que lograron el voto femenino en numerosos países.

El movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos.

Los movimientos anticoloniales de Asia y África, que asociaron la independencia con el derecho universal al voto.

El sufragio universal que hoy parece natural es, en realidad, una idea muy reciente. Durante la mayor parte de la historia solo podían votar los propietarios, los nobles o quienes pagaban determinados impuestos. La democracia moderna nació cuando millones de personas comenzaron a responder con una pregunta incómoda: si las leyes obligan a todos, ¿por qué no habrían de decidirlas todos? Esa pregunta cambió el mundo. 

Esa fue una de las grandes batallas políticas de los siglos XVIII y XIX. Durante mucho tiempo, muchos pensaban que solo los hombres con propiedades debían votar, porque se suponía que tenían educación, independencia económica y un "interés responsable" en el país. El voto era visto como un privilegio, no como un derecho.

Quienes combatieron esa idea fueron, entre otros:

  • Thomas Paine. Fue uno de los primeros en sostener que los derechos políticos pertenecían a las personas por el simple hecho de ser ciudadanos, no por su riqueza. Ridiculizaba la idea de que el dinero hiciera a alguien más apto para gobernar.

  • Jean-Jacques Rousseau. Su teoría de la soberanía popular inspiró a quienes defendían que el poder reside en el pueblo entero. Aunque no defendió el sufragio universal moderno tal como hoy lo entendemos, abrió la puerta a esa idea.

  • William Lovett. Lideró el movimiento cartista, que exigía el sufragio masculino para los trabajadores y el fin de los requisitos de propiedad para votar.

  • Feargus O'Connor. Movilizó a cientos de miles de obreros británicos para reclamar el voto como un derecho político básico.

  • George Grote. Defendió reformas democráticas que ampliaran la participación política más allá de la élite propietaria.

  • Robert Owen. Aunque es más conocido por su socialismo utópico, apoyó la ampliación de los derechos políticos de la clase trabajadora.

  • Karl Marx> y Friedrich Engels. Consideraban que el sufragio universal era una herramienta útil para que la clase obrera organizara su poder político, aunque pensaban que por sí solo no acabaría con las desigualdades económicas.

  • John Stuart Mill. Es un caso interesante: defendía ampliar mucho el derecho al voto, pero también propuso que las personas con mayor educación tuvieran más de un voto, una idea conocida como "voto plural". Es decir, apoyaba la expansión del sufragio, pero seguía creyendo que la educación debía tener un peso especial.

¿Cuál era el argumento de los ricos?

Muchos pensadores y políticos sostenían que:

  • Los pobres venderían su voto.
  • La mayoría era ignorante y elegiría mal.
  • Quienes no pagaban impuestos importantes no debían decidir sobre el gasto público.
  • La propiedad demostraba virtud, responsabilidad e independencia.

¿Y cuál fue la respuesta democrática?

Los reformistas respondieron con una idea radical para su tiempo:

La inteligencia no se mide por la fortuna, y la dignidad política no depende del tamaño de una propiedad.

También señalaban algo que sigue siendo poderoso hoy: si un trabajador podía ser reclutado para la guerra, ir a prisión por incumplir la ley o pagar impuestos, también debía tener voz en la elección de quienes hacían esas leyes.

En el fondo, la discusión era filosófica. No se debatía solo quién vota, sino qué significa ser ciudadano. La democracia moderna terminó inclinándose por la idea de que el voto no recompensa el mérito, la riqueza o la educación. Reconoce la igualdad política entre personas que, en todo lo demás, son profundamente diferentes. Esa fue una de las transformaciones más profundas de la historia contemporánea.

Es imposible saber con certeza qué dirían personas de otras épocas ante un caso contemporáneo. Pero sí podemos inferir, a partir de sus escritos y acciones, cómo probablemente responderían al argumento, más que a la identidad de quien lo hace.

Si alguien sostuviera que una parte de la población no debería votar por ser "ignorante", probablemente las reacciones serían diversas:

  • Thomas Paine probablemente respondería que los derechos políticos no dependen del nivel educativo ni de la riqueza. Para él, el sufragio deriva de la ciudadanía, no del mérito intelectual.

  • Jean-Jacques Rousseau insistiría en que la soberanía reside en el pueblo. Excluir a una parte del pueblo significa alterar la voluntad general.

  • Los líderes del movimiento cartista, como William Lovett, recordarían que precisamente ese mismo argumento se utilizó durante décadas para impedir que los obreros votaran. A los trabajadores se les describía como incultos, manipulables y peligrosos.

  • Frederick Douglass seguramente vería un paralelismo con los argumentos usados para negar derechos a los afroamericanos, a quienes también se calificaba de incapaces para ejercer el voto.

  • Emmeline Pankhurst probablemente encontraría una ironía especial si ese argumento proviniera de una mujer, porque durante décadas se dijo que las mujeres eran demasiado emocionales, poco instruidas o influenciables para votar.

Lo que sí muestra la historia es que el argumento de la "ignorancia del pueblo" ha sido recurrente. Se utilizó para excluir sucesivamente a:

  • quienes no poseían propiedades,
  • los trabajadores,
  • las mujeres,
  • las personas esclavizadas o sus descendientes,
  • y en algunos países, a minorías étnicas o religiosas.

La respuesta de los defensores del sufragio universal no fue afirmar que todos estuvieran igualmente informados. Fue otra: la igualdad política no exige igualdad de conocimientos. La democracia parte de que ningún grupo tiene un derecho inherente a gobernar a los demás solo porque se considere más culto, más rico o más preparado. Como advirtió Thomas Paine, convertir esas diferencias en la base del poder político acerca más a una aristocracia que a una democracia.

Lo que sí puede decirse es que esa discusión tiene una larga historia.

Durante el siglo XIX, cuando se debatía ampliar el voto a obreros y campesinos, muchos miembros de las élites argumentaban que quienes no tenían educación formal votarían "mal" o serían manipulados. Ese mismo razonamiento se utilizó para retrasar el sufragio de trabajadores, mujeres y minorías raciales. Los defensores del sufragio universal respondían que el derecho al voto no es un premio al conocimiento, sino un derecho derivado de la ciudadanía.

La propuesta de que un doctorado valga más que la primaria tampoco es nueva. El filósofo John Stuart Mill llegó a proponer el llamado "voto plural": que las personas con mayor educación tuvieran más votos que las demás. Esa idea nunca llegó a convertirse en el modelo dominante de las democracias modernas, precisamente porque muchos consideraron que creaba una nueva aristocracia, esta vez basada en la educación en lugar de la riqueza.

En el fondo, la pregunta filosófica sigue siendo la misma que hace dos siglos:

¿El voto es un derecho igual para todos los ciudadanos o un privilegio que debe depender del nivel educativo, la riqueza o alguna otra cualidad?

Las democracias contemporáneas, en su enorme mayoría, han respondido que cada ciudadano tiene un voto, no porque todos sepan lo mismo, sino porque todos están sujetos a las mismas leyes y poseen la misma igualdad política ante el Estado. Esa es la idea que terminó prevaleciendo sobre las propuestas de voto censitario o voto ponderado.

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