¿Conocen esa frase de Chinua Achebe? Dice: "Mientras los leones no tengan historiadores, las historias de caza glorificarán al cazador."
¡Qué frase tan condenadamente incómoda!
Porque la historia casi nunca la escriben los que sangraron. La escriben los que tuvieron escritorio.
Imaginen al cazador llegando al pueblo.
"Fue una batalla épica. El león era feroz. Yo, valiente. Arriesgué mi vida. La naturaleza fue vencida."
Todos aplauden.
Nadie le pregunta al león.
Porque el león está muerto.
Y los muertos no tienen departamento de prensa.
Así funciona el mundo.
Los imperios nunca invaden; "llevan civilización".
Las empresas nunca explotan; "generan empleo".
Los bancos nunca saquean; "rescatan la economía".
Los políticos nunca obedecen a los ricos; "garantizan estabilidad".
Y cuando alguien protesta...
¡Ah! Entonces ya no es un ciudadano.
Es un radical.
Un agitador.
Un peligro.
¿Quién decidió esas palabras?
El cazador.
Siempre el cazador.
Porque quien controla el relato controla la memoria.
Y quien controla la memoria termina controlando lo que la gente considera posible.
Miren los libros de historia.
Hablan de reyes.
De generales.
De presidentes.
De conquistadores.
Pero millones de personas aparecen como una nota al pie.
Los campesinos.
Los obreros.
Los indígenas.
Los esclavos.
Las mujeres.
Los niños.
Los leones.
Es curioso.
Cuando un poderoso mata a miles, lo llaman estrategia.
Cuando un desesperado rompe un escaparate, lo llaman barbarie.
La diferencia no siempre es la violencia.
Es quién redactó el comunicado.
Y aquí viene la mejor parte.
Nos enseñan a desconfiar de la propaganda... mientras respiramos propaganda desde el desayuno.
Banderas.
Anuncios.
Discursos.
Películas.
Noticias.
Libros escolares.
Todo diciéndote quién fue el héroe antes de que tengas tiempo de hacer preguntas.
Porque hacer preguntas es peligroso.
No para ti.
Para el cazador.
Imaginen por un momento que los leones escribieran los libros.
Los cazadores serían descritos como criaturas nerviosas que caminaban en grupo, cargaban objetos ruidosos y tenían una extraña obsesión por colgar cabezas en la pared para sentirse importantes.
Suena ridículo.
Exactamente.
Así de ridículas resultan muchas historias oficiales cuando por fin escuchas al otro lado.
Por eso la frase de Achebe no habla solamente de África.
Habla de todos nosotros.
Cada vez que solo escuchamos al vencedor.
Cada vez que confundimos poder con verdad.
Cada vez que creemos que la versión oficial es la única versión.
Porque el problema nunca fue que existieran cazadores.
El verdadero problema es que convencieron incluso a los leones de que la historia solo podía contarla quien llevaba el rifle.
Y cuando eso ocurre, ya no hace falta seguir cazando.
Los leones empiezan a narrar su propia derrota con las palabras del cazador.
Y ese, amigos, es el trofeo más grande que puede colgar un poder en su pared.
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