El Antiguo Régimen había muerto en Europa: «la revolución francesa fue su primera tumba; la Primera Guerra Mundial su cementerio; y la Segunda Guerra Mundial su réquiem».
Andrew Sinclair.
Esta célebre frase del historiador y escritor británico Andrew Sinclair sintetiza de manera brillante un proceso de transformación histórica que tomó más de siglo y medio: la larga y dolorosa agonía del Antiguo Régimen en Europa.
Para entender su profundidad, analicemos cada una de las tres etapas que Sinclair propone.
1. «La Revolución Francesa fue su primera tumba» (1789)
El Antiguo Régimen se sostenía sobre tres pilares: el absolutismo monárquico, la división de la sociedad en estamentos (privilegiados y no privilegiados) y una economía de base mayoritariamente feudal.
La Revolución Francesa de 1789 asestó el primer golpe mortal a esta estructura:
El fin del derecho divino: La decapitación de Luis XVI demostró que el poder del rey no procedía de Dios, sino que la soberanía residía en la nación.
La igualdad ante la ley: La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano abolió legalmente los privilegios de la nobleza y el clero.
El despertar continental: Aunque el Antiguo Régimen intentó resucitar tras la caída de Napoleón (con la Restauración de 1815), las ideas revolucionarias ya habían echado raíces. Las revoluciones de 1830 y 1848 demostraron que el modelo absolutista ya estaba herido de muerte.
2. «La Primera Guerra Mundial su cementerio» (1914–1918)
A pesar de la Revolución Francesa, durante el siglo XIX gran parte de Europa central y oriental seguía gobernada por dinastías imperiales de corte autocrático que preservaban la hegemonía de la vieja aristocracia terrateniente y militar.
La Gran Guerra fue el auténtico colapso sistémico de ese viejo orden:
La caída de los imperios: En apenas cuatro años, cuatro de las dinastías más antiguas y poderosas de Europa se desplomaron: los Romanov en Rusia, los Habsburgo en el Imperio Austrohúngaro, los Hohenzollern en Alemania y los Osmanlíes en el Imperio Otomano.
El ascenso de las masas: El vacío dejado por las monarquías no fue ocupado por democracias liberales estables en todos lados, sino por una irrupción violenta de la política de masas, dando paso a nuevas ideologías radicalmente antiaristocráticas: el comunismo soviético y el fascismo.
En 1918, el Antiguo Régimen ya no solo estaba muerto; estaba enterrado bajo las trincheras de Europa.
3. «Y la Segunda Guerra Mundial su réquiem» (1939–1945)
Un réquiem es una misa de difuntos; es el canto final que despide formalmente al alma del fallecido. Si la Primera Guerra Mundial destruyó las estructuras políticas del Antiguo Régimen, la Segunda Guerra Mundial barrió con los últimos vestigios de su orden social, mental y geográfico:
La disolución de la vieja aristocracia: En Europa Oriental y Central, la invasión nazi primero y la posterior ocupación soviética después eliminaron físicamente (mediante expropiaciones, ejecuciones y exilio) a la clase de los Junkers prusianos y a la nobleza terrateniente polaca y húngara, que aún conservaban un enorme poder social.
El fin de la hegemonía europea: El viejo orden europeo se basaba en que Europa era el centro del poder mundial a través de sus imperios coloniales. El fin de la guerra en 1945 marcó el inicio de la descolonización y el traspaso del liderazgo global a dos superpotencias de origen no dinástico y marcadamente modernas: Estados Unidos y la Unión Soviética.
Conclusión
La metáfora de Andrew Sinclair nos recuerda que las estructuras históricas tan profundas como el Antiguo Régimen no desaparecen de la noche a la mañana.
Lo que comenzó como una fractura ideológica y política en las calles de París en 1789, necesitó del cataclismo industrial de las trincheras en 1914 y, finalmente, del eclipse total de la vieja Europa en 1945 para completarse. El réquiem de 1945 no solo despidió a los reyes y a los señores feudales, sino que dio la bienvenida definitiva al mundo contemporáneo, globalizado y bipolar.
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