viernes, 17 de julio de 2026

 


Thomas Paine fue uno de esos hombres que no gobernó un país, no dirigió un ejército y nunca vistió una corona. Sin embargo, hizo temblar imperios con un arma mucho más peligrosa: un panfleto.

Nació en 1737, en la pequeña ciudad inglesa de Thetford. Su padre era un humilde fabricante de corsés y cuáquero; su madre, anglicana. Creció entre la pobreza y los trabajos mal pagados. Fue aprendiz, marinero, recaudador de impuestos y comerciante fracasado. Todo parecía indicar que moriría siendo un hombre anónimo.

Pero entonces apareció en su camino un personaje extraordinario: Benjamin Franklin.

Franklin conoció a Paine en Londres y le aconsejó emigrar a las colonias americanas. Aquel consejo cambió la historia.

El panfleto que encendió una revolución

Cuando llegó a Filadelfia en 1774 encontró un continente lleno de descontento, pero también de miedo. Muchos colonos aún soñaban con reconciliarse con el rey de Inglaterra.

Paine pensaba lo contrario.

En enero de 1776 publicó un pequeño folleto de apenas unas decenas de páginas llamado Common Sense ("Sentido Común").

Era dinamita impresa.

No hablaba como un filósofo. No escribía para universitarios. Escribía para carpinteros, granjeros, herreros y taberneros.

Decía, en esencia:

"¿Por qué un continente debe obedecer a una isla?"

Llamó absurda a la monarquía hereditaria y sostuvo que todos los hombres nacen con el mismo derecho a gobernarse.

En pocos meses vendió más de cien mil ejemplares, una cifra gigantesca para la época. Muchos historiadores consideran que aquel texto ayudó decisivamente a convencer a los colonos de declarar la independencia.

El escritor de la libertad

Durante la Guerra de Independencia escribió otra serie de textos llamados The American Crisis.

El primero comenzaba con una frase inmortal:

"Estos son los tiempos que ponen a prueba las almas de los hombres."

Cuando el ejército de George Washington estaba derrotado y desmoralizado, Washington ordenó leer esas palabras a sus soldados antes de cruzar el río Delaware.

Las palabras también pueden ganar batallas.

El enemigo de los reyes

Terminada la revolución estadounidense, Paine regresó a Europa.

Allí estalló la Revolución Francesa.

Mientras muchos intelectuales ingleses la condenaban, Paine publicó Los derechos del hombre (Rights of Man), una apasionada defensa de la democracia, la igualdad y los derechos universales.

El libro enfureció al gobierno británico.

Fue acusado de sedición.

Escapó a Francia antes de ser arrestado.

Casi muere en la guillotina

En Francia fue elegido diputado de la Asamblea Nacional.

Aunque apoyaba la Revolución, se opuso a ejecutar al rey Luis XVI.

Aquello fue suficiente para convertirlo en sospechoso durante el Terror.

Terminó en prisión.

La leyenda cuenta que la marca que señalaba la puerta de los condenados a muerte quedó accidentalmente del lado equivocado cuando la celda estaba abierta. Cuando volvieron a cerrarla, los guardias no vieron la señal.

Esa casualidad pudo salvarle la vida.

Poco después cayó Maximilien Robespierre y Paine recuperó la libertad.

El libro que lo volvió un paria

Después escribió La edad de la razón (The Age of Reason).

No era un ataque contra Dios.

Era un ataque contra las iglesias organizadas.

Defendía el deísmo: creía en un creador, pero rechazaba los milagros, la autoridad religiosa y la revelación sobrenatural.

En una época profundamente cristiana, aquello fue un escándalo.

Muchos de los mismos estadounidenses que lo habían considerado un héroe comenzaron a verlo como un blasfemo.

Un final triste

Regresó a Estados Unidos esperando ser recibido como un padre fundador.

Encontró el olvido.

Murió en 1809.

A su funeral asistieron apenas unas pocas personas.

Décadas después, el radical inglés William Cobbett desenterró sus restos para llevarlos a Inglaterra con la intención de construirle un monumento.

El monumento nunca se hizo.

Los huesos desaparecieron.

Hoy nadie sabe dónde descansa Thomas Paine.

El hombre que sobrevivió a su tumba

La ironía es casi perfecta.

El cuerpo de Thomas Paine se perdió.

Sus ideas, no.

Cada vez que alguien afirma que el poder debe justificarse ante el pueblo, que los derechos pertenecen a todas las personas por el simple hecho de haber nacido, o que ninguna autoridad debe quedar libre de crítica, hay un eco de aquel artesano inglés que descubrió que la tinta podía ser más peligrosa que la pólvora.

Paine nunca fue presidente. Nunca fue general. Nunca fue rey.

Fue algo más incómodo.

Fue un hombre que enseñó a millones de personas que el sentido común también puede ser revolucionario. 


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