viernes, 17 de julio de 2026

 

El gran club de las metas infinitas (y tú no estás en él)

Hablemos de una de las mayores patrañas que la humanidad ha aceptado sin rechistar: el crecimiento infinito. ¿En qué momento nos dejamos convencer de que todo, absolutamente todo, tiene que ser más grande, más rápido y más rentable cada maldito año?

Y el mejor lugar para observar esta locura en cautiverio es un banco.

Entras a una sucursal y ahí están: empleados con camisas idénticas, sonrisas ensayadas y un tic nervioso en el ojo izquierdo. ¿Por qué el tic? Por "la meta". Esa cifra sagrada que baja de la junta directiva cada primero de enero. Es un número ridículo, inventado por un tipo con un traje de tres mil dólares que nunca ha tenido que convencer a una abuela de ochenta años de que necesita un seguro contra secuestros para proteger su pensión de doscientos dólares.

El año pasado te mataste trabajando. Duplicaste las ventas de tarjetas de crédito, colocaste seguros de vida a gente que ya estaba prácticamente muerta y casi no viste a tus hijos. Llegaste a la meta. ¿Y cuál es tu recompensa? ¿Un descanso? ¿Un "gracias, gran trabajo"? No, hombre, no seas ingenuo. Tu recompensa es que la meta del próximo año sube un quince por ciento. ¡Felicidades! El premio por ser un buen esclavo es que te consiguen un látigo más grande.

Es una estafa piramidal vestida de "desarrollo profesional". En el lenguaje de estos sociópatas corporativos, ya no se dice "exprimir al cliente hasta dejarlo seco". Ahora lo llaman "venta cruzada", "sinergia de productos" y "fidelización de cartera". Adoran los eufemismos. Cuanto más elegante suena la palabra, más te están jodiendo. "Optimización de procesos" significa que van a despedir a la mitad de tus compañeros y tú vas a tener que hacer el doble de trabajo por el mismo sueldo. "Reestructuración" significa que tu jefe se lleva un bono de un millón de dólares y a ti te dan un termo de plástico con el logo del banco para que te sientas "parte de la familia".

¿Y de dónde se supone que vas a sacar ese quince por ciento extra cada año? El mercado no es infinito. La gente de tu barrio no se reproduce por mitosis. No puedes obligar a un tipo a tener cuatro tarjetas de crédito de la misma cuenta a menos que planee usarlas para raspar la escarcha de su congelador. Pero al banco no le importa la física básica, ni la matemática, ni la lógica. Al banco solo le importa la gráfica que va hacia arriba. Si la gráfica se aplana, los accionistas lloran. Y no queremos que los accionistas lloren; sus lágrimas de cocodrilo arruinarían la pintura de sus yates.

Así que el sistema te presiona a ti, el eslabón de abajo. Te presionan hasta que te da un ataque de pánico en el baño de la sucursal, o hasta que empiezas a hacer trampas y a activar servicios que el cliente nunca pidió, solo para que el sistema informático deje de parpadear en rojo. Y cuando el fraude estalla —porque siempre estalla—, los tipos del traje de tres mil dólares dicen: "Oh, fue un comportamiento aislado de unos pocos empleados deshonestos". ¡Vete al diablo! Tú creaste la máquina de picar carne, no te quejes cuando salga hamburguesa.

La verdad que nadie en la oficina de recursos humanos te va a decir es esta: el juego está arreglado. Las metas no están diseñadas para ser alcanzadas indefinidamente; están diseñadas para mantenerte corriendo en la rueda de hámster. Porque un empleado cansado, endeudado y con miedo a perder su empleo es el empleado perfecto. No hace preguntas, no protesta y sigue vendiendo seguros de coche a gente que viaja en metro.

Es un gran club de avaricia desmedida... y nosotros solo somos el combustible que queman para mantener las luces encendidas.

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