martes, 10 de febrero de 2026

 Según Weev, que se hace eco de lo que decía el nazismo en el siglo XX , los roles de género patriarcales son una pieza clave en la historia europea y forman parte del «pasado glorioso» de la Europa blanca.

En el artículo de Weev, el pasado no solo respalda la teoría de los roles de género tradicionales, sino que también separa a los grupos que, según él, los respetan de los que no. Desde los tiempos de la Alemania nazi hasta las épocas más recientes hemos visto cómo esta distinción tan malintencionada puede agravarse hasta llegar a desencadenar un genocidio. 
El movimiento fascista Hutu Power, que defendía la supremacía étnica, surgió en Ruanda en los años anteriores al genocidio ruandés de 1994. 
En 1990, el periódico Kangura , controlado por Hutu Power, publicó los diez mandamientos hutus. Los tres primeros tenían que ver con el género. 
El primero declaraba que quien se casara con una mujer tutsi era un traidor porque contaminaba la pureza de la estirpe hutu. El tercero llamaba a las mujeres hutus a evitar que sus maridos, hermanos e hijos se casaran con mujeres tutsis. El segundo mandamiento es:
Todo hutu debe saber que el papel de mujer, esposa o madre de familia es más adecuado para nuestras hijas hutu, que lo desempeñan a conciencia. ¿No son acaso hermosas, buenas ayudantes y más honestas?
Para la ideología Hutu Power, las mujeres de su grupo solo existen como mujeres y madres; a ellas corresponde la responsabilidad sagrada de velar por la pureza étnica hutu. Y precisamente la búsqueda de esta pureza étnica fue la excusa principal para matar a los tutsis en el genocidio de 1994.
Que el lenguaje de género marcado y las referencias al papel de la mujer y a su valor especial se suelen colar en el discurso político sin que se repare en sus implicaciones es un hecho. 
En las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016, salió a la luz un vídeo en el que el candidato del Partido Republicano a la presidencia, Donald Trump, realizaba comentarios denigrantes sobre las mujeres. Mitt Romney, que fue candidato presidencial en 2012 por el mismo partido, reaccionó diciendo que los comentarios de Trump «degradan a nuestras esposas e hijas». 
Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, también miembro del Partido Republicano, declaró que «a las mujeres hay que respaldarlas y venerarlas; no cosificarlas». 
Los dos comentarios revelan una ideología patriarcal subyacente muy típica del Partido Republicano estadounidense. 
Lo que podían haber hecho estos políticos es exponer con claridad los hechos: que los comentarios de Trump denigran a nuestras conciudadanas, la mitad del país. Pero, en vez de eso, las palabras de Romney, formuladas con un lenguaje que recuerda al de los diez mandamientos hutus, describen a las mujeres exclusivamente en términos de subordinación familiar; como «esposas e hijas», ni siquiera como hermanas. 
Al decir que las mujeres son un «objeto de veneración» y no nuestras iguales, Paul Ryan las está cosificando en la misma frase que censura esta práctica.
Jason Stanley 

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