El Día de la Marmota del poder: desigualdad, memoria y dignidad
Hay una sensación persistente en la historia política: los gobernantes parecen condenados a repetir los mismos errores. Como en El Día de la Marmota, despiertan una y otra vez frente a las mismas advertencias —desigualdad creciente, pobreza estructural, privilegios insultantes— y actúan como si fueran fenómenos inéditos, como si la historia no hubiera dejado cicatrices suficientes.
Pero la cuestión merece mayor precisión. No es simplemente que la pobreza provoque revoluciones. La miseria ha existido en casi todas las épocas, y sin embargo no todas han desembocado en estallidos violentos. Lo que incendia a las sociedades no es la carencia en sí, sino la combinación de carencia con humillación, desigualdad visible y la percepción de que el sistema está diseñado para beneficiar siempre a los mismos.
La Revolución Francesa no fue sólo el resultado del hambre. Francia arrastraba problemas fiscales, una nobleza blindada por privilegios fiscales y una monarquía incapaz de reformarse. El pan escaseaba, sí, pero lo que resultaba insoportable era ver a una corte viviendo en el lujo mientras el pueblo sostenía el peso del Estado. El agravio no era únicamente material; era moral.
Rusia en 1917 ofrece una lección similar. El Imperio zarista combinaba autocracia política, explotación obrera y el desgaste brutal de la Primera Guerra Mundial. La desigualdad no era nueva, pero la incapacidad del régimen para ofrecer reformas creíbles convirtió la frustración en ruptura. Cuando un sistema no permite correcciones internas, la presión termina buscando salidas externas y violentas.
Aquí aparece el patrón: las élites suelen reaccionar tarde. Primero niegan el problema. Luego lo minimizan. Después recurren a la represión o al discurso tranquilizador. Finalmente, cuando el costo es demasiado alto, conceden reformas que pudieron haberse implementado antes con menos daño. La historia no es una línea recta, pero tiene ritmos que se repiten.
Sin embargo, sería simplista afirmar que los políticos “no aprenden”. Las democracias modernas han construido mecanismos precisamente para evitar revoluciones: sufragio universal, sistemas de bienestar, regulación laboral, políticas redistributivas. Estos instrumentos surgieron de conflictos previos y representan, en cierto sentido, memoria institucionalizada.
El problema radica en los incentivos. El político promedio opera bajo ciclos cortos: elecciones, encuestas, titulares mediáticos. El estadista piensa en generaciones; el político, en la próxima votación. Cuando el corto plazo domina, las soluciones estructurales pierden atractivo frente a medidas cosméticas o narrativas polarizantes. Así, no es ignorancia histórica lo que conduce a la repetición, sino una estructura que premia la inmediatez sobre la prevención.
Pero hay un elemento aún más profundo: lo que estalla no es sólo la desigualdad, sino la ruptura del contrato moral entre gobernantes y gobernados. Las sociedades pueden tolerar grandes diferencias económicas si perciben movilidad, justicia y reglas claras. Cuando esa legitimidad se erosiona —cuando la ley parece selectiva, cuando el mérito es ficción, cuando el privilegio se exhibe sin pudor— la estabilidad se vuelve frágil.
En ese punto, la desigualdad deja de ser estadística y se convierte en agravio. Y el agravio, cuando se acumula sin canales efectivos de resolución, se transforma en ruptura.
La historia no se repite de manera mecánica. No vivimos en 1789 ni en 1917. Pero las tensiones fundamentales —poder, privilegio, dignidad— permanecen. Las sociedades modernas han sofisticado sus mecanismos de contención, pero también han sofisticado sus formas de concentración económica y mediática. El equilibrio es dinámico, nunca definitivo.
Tal vez el verdadero “Día de la Marmota” no sea la ignorancia de los políticos, sino la fragilidad constante del contrato social. Cada generación debe renegociarlo. Cada generación enfrenta la tentación del privilegio y la indiferencia. Cada generación decide si corrige a tiempo o espera a que la presión haga el trabajo de manera traumática.
La lección histórica no es que la pobreza automáticamente produzca revolución. Es que cuando la desigualdad se percibe como injusticia estructural y la dignidad colectiva se siente vulnerada, el orden pierde legitimidad. Y cuando la legitimidad se agota, la estabilidad deja de ser sostenible.
La historia no es una amenaza permanente, pero sí un recordatorio. No castiga por ignorancia, sino por soberbia.
Y quizá la pregunta más honesta no es si los políticos aprenden, sino si las sociedades exigen aprendizaje antes de que el ciclo se cierre otra vez.
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