miércoles, 4 de febrero de 2026

 El votante típico, aquél a cuyas opiniones los políticos atienden, probablemente sea incapaz de obtener un aprobado en Economía Elemental. Con razón prevalecen el proteccionismo, los controles de precios y otras medidas insensatas.

Bryan Caplan

Caplan dispara sin silenciador y acierta… pero no mata a todos los culpables.
Su tesis —el votante promedio no entiende economía básica— no es un insulto, es una observación empírica con bata blanca. 
La economía enseña cosas profundamente antipáticas para la intuición moral: que poner precios máximos crea escasez, que proteger industrias encarece la vida, que imprimir billetes no imprime riqueza. 
Son verdades frías, sin épica. Y al votante le gusta la épica: el villano extranjero, el empresario avaro, el político salvador con capa y subsidio.
Hasta ahí, Caplan tiene razón. El electorado vota con el estómago y con metáforas malas. No con curvas de oferta y demanda.
Pero aquí viene el giro trágico —y un poco cómico—: no es solo ignorancia, es ignorancia racional. El costo de entender economía es alto; el beneficio individual de votar “mejor” es microscópico. ¿Para qué estudiar elasticidades si tu voto pesa menos que una pluma en un huracán? El sistema incentiva la pereza cognitiva. 
No es estupidez: es contabilidad existencial.
Además, la economía no es neutral políticamente aunque lo finja. 
Muchas “medidas insensatas” son emocionalmente sensatas: proteccionismo suena a lealtad, controles de precios a justicia, subsidios a compasión. 
El votante no elige políticas; elige relatos morales. Y en ese teatro, la economía suele entrar como aguafiestas con una calculadora.
Caplan, fiel liberal, sugiere implícitamente: menos democracia, más expertos. 
Aquí hay que frenar el caballo. 
La historia está llena de tecnócratas brillantes que, armados de gráficos perfectos, produjeron infiernos muy bien optimizados. 
La ignorancia popular es peligrosa, sí; pero la soberbia ilustrada también.
En verso breve:
el pueblo no sabe economía,
los expertos no saben pueblo,
y la política ocurre en ese malentendido.
Conclusión sin anestesia: el problema no es que el votante no pase Economía Elemental; es que la democracia no fue diseñada para premiar la verdad, sino la persuasión. 
Caplan lo diagnostica bien, pero sugiere una cura que podría matar al paciente.
La pregunta incómoda queda flotando, como mosca en aula vacía:
¿preferimos errores compartidos… o aciertos impuestos?

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