El votante típico, aquél a cuyas opiniones los políticos atienden, probablemente sea incapaz de obtener un aprobado en Economía Elemental. Con razón prevalecen el proteccionismo, los controles de precios y otras medidas insensatas.
Bryan CaplanCaplan dispara sin silenciador y acierta… pero no mata a todos los culpables.
Su
tesis —el votante promedio no entiende economía básica— no es un
insulto, es una observación empírica con bata blanca.
La economía enseña
cosas profundamente antipáticas para la intuición moral: que poner
precios máximos crea escasez, que proteger industrias encarece la vida,
que imprimir billetes no imprime riqueza.
Son verdades frías, sin épica.
Y al votante le gusta la épica: el villano extranjero, el empresario
avaro, el político salvador con capa y subsidio.
Hasta ahí, Caplan tiene razón. El electorado vota con el estómago y con metáforas malas. No con curvas de oferta y demanda.
Pero
aquí viene el giro trágico —y un poco cómico—: no es solo ignorancia,
es ignorancia racional. El costo de entender economía es alto; el
beneficio individual de votar “mejor” es microscópico. ¿Para qué
estudiar elasticidades si tu voto pesa menos que una pluma en un
huracán? El sistema incentiva la pereza cognitiva.
No es estupidez: es
contabilidad existencial.
Además, la economía no es
neutral políticamente aunque lo finja.
Muchas “medidas insensatas” son
emocionalmente sensatas: proteccionismo suena a lealtad, controles de
precios a justicia, subsidios a compasión.
El votante no elige
políticas; elige relatos morales. Y en ese teatro, la economía suele
entrar como aguafiestas con una calculadora.
Caplan,
fiel liberal, sugiere implícitamente: menos democracia, más expertos.
Aquí hay que frenar el caballo.
La historia está llena de tecnócratas
brillantes que, armados de gráficos perfectos, produjeron infiernos muy
bien optimizados.
La ignorancia popular es peligrosa, sí; pero la
soberbia ilustrada también.
En verso breve:
el pueblo no sabe economía,
los expertos no saben pueblo,
y la política ocurre en ese malentendido.
Conclusión
sin anestesia: el problema no es que el votante no pase Economía
Elemental; es que la democracia no fue diseñada para premiar la verdad,
sino la persuasión.
Caplan lo diagnostica bien, pero sugiere una cura
que podría matar al paciente.
La pregunta incómoda queda flotando, como mosca en aula vacía:
¿preferimos errores compartidos… o aciertos impuestos?
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