miércoles, 4 de febrero de 2026

 Coaching matutino o catecismo con sonrisa

Hay programas de revista que no se ven: se padecen. Uno no los elige; le caen encima como la humedad o como la tos ajena. Están ahí, encendidos por inercia, sostenidos por la costumbre. Y entonces aparecen ellos.

Los coachs.

No como personas, sino como función. No individuos: engranes. No hablan: ofician.

Se presentan como guías, pero operan como normalizadores. Te dicen “sé tu mejor versión” como quien dice “adáptate”. Como si la vida fuera una máquina defectuosa y tú la pieza que no encaja. Ellos no cuestionan el mecanismo: te ajustan a golpes suaves, con música tranquila de fondo.

Todo lo que existe —dicen— es natural. 
Natural el cansancio. 
Natural la competencia. 
Natural vivir endeudado pero agradecido. 
Natural que unos manden y otros aprendan a respirar para no protestar.

Aquí no hay historia, ni conflicto, ni contradicción: solo individuos mal gestionados.

Son, casi siempre, burgueses, blancos, cómodos, explicando el mundo desde sillones caros. 
No hablan del sistema porque el sistema los sienta bien. No hablan de desigualdad porque la desigualdad los sostiene. 
No dicen “esto podría ser de otra manera”; dicen “acepta lo que hay, pero con actitud”.

No venden pensamiento: venden obediencia emocional.


Si algo no funciona, la causa no es social, ni política, ni económica. Es interior. Íntima. Moral. Has fallado tú. 
No vibraste. 
No te enfocaste. 
 No creíste lo suficiente.

El método nunca falla. 
El coach tampoco. 
El orden del mundo queda intacto.

Esto no es crecimiento personal.

Es pedagogía de la resignación.

Un teatro donde se ensaya, una y otra vez, el mismo papel: el del individuo que se culpa mientras el escenario permanece inmóvil. El espectador no debe pensar; debe reconocerse y asentir. Debe salir del programa convencido de que no hace falta cambiar nada, solo soportarlo mejor.

Brecht lo diría sin anestesia:

> no acepten como natural lo que ocurre siempre.

Pero aquí ocurre lo contrario. Se entrena al público para aceptar. Para llamar normal a lo intolerable. Para convertir la injusticia en paisaje.

Por eso estos discursos aman la mañana: necesitan cuerpos cansados, defensas bajas, pensamiento aún dormido.

En el fondo, no es coaching.

Es adiestramiento.

Y hay una señal inequívoca: si realmente supieran cómo vivir mejor, no tendrían que repetirlo todos los días por televisión, entre el horóscopo y la receta fácil.

Apaga el volumen. Mira el artificio. Toma distancia.

Que al menos —como quería Brecht— algo de esto deje de parecernos natural. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario