Trevor Noah y los Grammy 2026
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Durante la ceremonia de los 68º Grammy Awards, el comediante y conductor Trevor Noah hizo un chiste satírico sobre Trump. Noah insinuó que Trump quería comprar Groenlandia porque ya no podría divertirse en la famosa isla de Jeffrey Epstein, mencionando también a Bill Clinton.
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Trump reaccionó muy molesto y desde su plataforma Truth Social negó haber estado en la isla de Epstein y calificó el comentario de falso y difamatorio.
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El expresidente amenazó con demandar a Trevor Noah por difamación, llamó al chiste “patético” y al propio Noah “total loser”.
El presidente que no soporta un chiste
Estados Unidos: el país que inventó la libertad de expresión…
pero solo cuando no te ríes del rey.
Porque eso es lo que pasa aquí: no es un comediante contra Trump.
Es el humor contra el poder, y el poder odia el humor más que a los migrantes, más que a los impuestos, más que a los libros.
Un comediante hace un chiste.
Un chiste.
Una frase lanzada al aire, hecha de palabras, ironía y timing.
Y el presidente responde con una amenaza.
No con un argumento.
No con un contra-chiste.
No con “meh, no estuvo bueno”.
No.
Con el reflejo clásico del autoritario:
👉 “Cuidado con lo que dices.”
El problema no es el chiste, es la risa
Carlin lo decía claro:
“Nunca le digas la verdad al poder si el poder no puede reírse de sí mismo.”
¿Por qué?
Porque la risa es peligrosa.
La risa baja al dios del pedestal y lo sienta en una silla de plástico.
El comediante no dispara balas, dispara ridículo.
Y el ridículo es letal para la autoridad.
Un dictador puede sobrevivir a protestas.
Puede sobrevivir a artículos académicos.
Puede sobrevivir a editoriales solemnes.
Pero no sobrevive a ser un chiste recurrente.
La amenaza como confesión
Cuando Trump amenaza a un comediante, no está defendiendo su honor.
Está confesando algo mucho más profundo:
👉 “Me duele.”
👉 “Me tocaste.”
👉 “No puedo controlarte.”
Bill Hicks lo explicaría así:
“Si el sistema te ignora, no eres peligroso.
Si se burla de ti, vas bien.
Si te amenaza… felicidades, estás en el blanco.”
El poder solo amenaza cuando se siente desnudo.
Demandar un chiste: el sueño húmedo del fascista
Demandar a un comediante por un chiste es como:
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arrestar al espejo por reflejarte gordo
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demandar al termómetro por tener fiebre
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culpar al eco por repetir tu estupidez
Pero el mensaje no es jurídico.
Es simbólico.
Es decirle a todos:
“Si él puede hablar, tú no.”
No buscan ganar el juicio.
Buscan ganar el miedo.
El presidente quiere silencio, no respeto
Esto no va de “difamación”.
Va de disciplinar el discurso.
El político que no tolera la sátira no quiere ciudadanos, quiere súbditos.
Quiere aplauso, no carcajadas.
Quiere reverencia, no ironía.
Porque la ironía pregunta lo que el poder no puede responder:
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¿y si no eres tan importante?
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¿y si no eres tan fuerte?
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¿y si solo eres un tipo ridículo con demasiado poder?
El comediante hace lo que el periodista ya no puede
Aquí está lo verdaderamente incómodo:
Mientras los medios:
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miden palabras
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cuidan patrocinadores
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suavizan titulares
El comediante dice:
“Oigan… ¿no ven que el emperador está en pañales?”
Por eso el poder odia más al humorista que al opositor serio.
El opositor quiere el poder.
El comediante quiere reírse del poder.
Y eso es imperdonable.
Conclusión carliniana
Si un presidente amenaza a un comediante,
no es porque el chiste sea falso.
Es porque funcionó.
Porque la gente rió.
Porque alguien pensó.
Porque el aura se rompió.
Y recuerda esto, camarada:
👉 Un poder que no soporta un chiste, no soporta la libertad.
👉 Un líder que teme a la risa, merece ser ridiculizado.
Así que larga vida al comediante.
Y que el poder siga temblando…
…porque alguien se rió.
😏🔥
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