Parte de los poscomunistas de Alemania Oriental se han olvidado de los empresarios y banqueros que llevaron a Hitler al poder y solo expresan su ira contra los subsaharianos que huyen de las guerras y de la miseria creada, de nuevo, por empresarios y banqueros. Cientos de miles de cristianos que van a misa los siete días de la semana dejan ahogarse a inmigrantes en el Mediterráneo. Evangelistas neopentecostales rezan con una mano y con la otra votan a fascistas que añoran la dictadura brasileña. Un mundo más impredecible, sin pistas, alimenta el miedo. La izquierda no puede avanzar si no entiende esos miedos y los conjura (es una inmoralidad echar la culpa a los inmigrantes y es una ingenuidad no entender que hay que controlar democráticamente las fronteras). En un mundo confuso, las mayorías perplejas van a buscar a quién echarle la culpa de su miedo o de su precariedad, y si no aciertan en señalar a los verdaderos culpables —banqueros, grandes corporaciones, políticos sin valores—, buscarán a los sospechosos habituales —inmigrantes, izquierdistas y sindicalistas, judíos, árabes, mujeres—. La crisis-estafa de 2007 robó los ahorros de millones de personas en el mundo y ningún responsable entró en la cárcel. En España, el PP hizo ministro de Economía a Luis de Guindos, responsable para Europa de Goldman Sachs cuando la entidad financiera ayudó a la derecha en Grecia a falsear las cuentas para que entrara en el euro. También en el PP, el ministro Montoro promulgó una amnistía fiscal que fue declarada inconstitucional por el Tribunal Constitucional. Nadie ha devuelto el dinero. Si encarcelan a alguien que roba para comer, ¿no deberían estar estas piezas esenciales en el engranaje del robo a gran escala en la cárcel?
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