miércoles, 11 de febrero de 2026

 El mapa de un encierro: Gaza como laboratorio del siglo XXI

Gaza no es solo un lugar. Es un experimento.
Un rectángulo estrecho donde el siglo XXI se prueba a sí mismo sin anestesia, como esos científicos locos que dicen “es por el bien del conocimiento” mientras ajustan el voltaje.

Aquí el mapa no sirve para orientarse, sino para entender hasta dónde llega el encierro.

I. Geografía del no-salir

Gaza es una franja mínima con fronteras máximas.
Mar vigilado.
Cielo clausurado.
Tierra fragmentada en puntos de control y permisos que llegan tarde, si es que llegan.

No hay afuera. Y cuando no hay afuera, el adentro se vuelve denso, asfixiante, obsesivo. El encierro ya no necesita barrotes visibles: basta con drones, listas, algoritmos y un vocabulario administrativo que decide quién cruza y quién se queda respirando polvo.

El mapa de Gaza no señala caminos; señala prohibiciones.

II. El laboratorio perfecto

Todo laboratorio necesita tres cosas: sujetos, control y observadores. Gaza los tiene todos.

Aquí se ensayan tecnologías de vigilancia, métodos de castigo colectivo, sistemas de racionamiento de energía, agua, movilidad y futuro. Todo medido, todo documentado. La vida reducida a variables.

¿Cuántas horas de electricidad son tolerables antes del colapso?
¿Cuánto hambre produce obediencia?
¿Cuánta destrucción cabe en una palabra como “disuasión”?

Gaza es el Excel moral del mundo contemporáneo.

III. El encierro como pedagogía

El sitio no solo controla cuerpos; educa mentes. Enseña desde temprano que el horizonte es corto, que los sueños deben aprender a doblarse, que planear a largo plazo es un lujo obsceno.

Aquí el encierro no grita: susurra todos los días.
Te enseña a no esperar demasiado.
A no moverte de más.
A normalizar lo anormal.

Es una pedagogía del límite, diseñada para que el encierro deje de parecer injusticia y empiece a parecer paisaje.

IV. Seguridad: la palabra tótem

Todo se justifica en nombre de la seguridad. Palabra mágica, palabra blindada. Bajo su sombra caben muros, bombardeos, bloqueos, hambre y muerte con firma oficial.

La seguridad aquí no protege vidas: las administra. Decide cuáles importan, cuáles sobran, cuáles pueden ser sacrificadas sin que el sistema se sonroje.

En Gaza, la seguridad no es un derecho; es un argumento.

V. El encierro exportable

Lo inquietante no es solo Gaza.
Lo inquietante es que Gaza funciona.

Funciona como modelo. Como advertencia. Como borrador de futuros posibles. Lo que allí se prueba —control total, vigilancia permanente, castigo preventivo— aparece luego en otros contextos, con otros nombres, con menos bombas y más burocracia.

Gaza es el ensayo general de un mundo donde la libertad se administra por zonas y permisos.

VI. Respirar dentro del experimento

Y sin embargo —siempre ese molesto “sin embargo”— la vida insiste. Se cocina, se escribe, se ama, se ríe incluso. No por romanticismo, sino por terquedad biológica.

Resistir, en Gaza, no es épico.
Es cotidiano.
Es levantarse dentro del laboratorio y seguir siendo humano aunque el experimento diga que ya no toca.

VII. Leer el mapa correctamente

Quien mira Gaza solo como “conflicto” se pierde lo esencial. Gaza no es una anomalía: es un síntoma. Un espejo incómodo que nos muestra hasta dónde está dispuesto a llegar el orden global cuando decide que un pueblo entero puede ser confinado en nombre de la estabilidad.

El mapa del encierro no termina en Gaza.
Gaza solo lo hace visible.

Y como todo laboratorio, plantea una pregunta brutal:
si esto es posible aquí… ¿qué impide que sea posible en otro lado?

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