miércoles, 4 de febrero de 2026

 Analicemos si en otros países se da el fenómeno de México en el que los expresidentes se van a vivir a otro país.

Ahí se cruzan política, psicología y simbolismo del poder.

¿Pasa en otros países?

Sí pasa, pero no con la “normalidad” ni la carga simbólica que tiene en México.

  • Estados Unidos: los expresidentes casi siempre se quedan. Obama, Bush, Clinton, Carter… viven ahí, hacen fundaciones, dan conferencias, opinan. Salirse sería visto como huida o como ruptura con la nación que representaron.

  • Europa occidental: también se quedan. Un ex primer ministro francés, alemán o británico vive en su país, con protección, prestigio y presencia pública.

  • América Latina, África, Medio Oriente: aquí sí es más frecuente que se vayan. A veces por juicios, a veces por miedo, a veces por comodidad… pero nunca es un gesto neutral.

México está más cerca de este segundo patrón, aunque intente narrarse como “democracia estable”.


¿Es autoexilio?

Formalmente, no.
Pero simbólicamente sí puede leerse como un autoexilio suave.

No es el exilio trágico del perseguido político, sino algo más incómodo:

“Goberné este país, pero no quiero seguir viviendo entre quienes goberné.”

Eso dice mucho, aunque no se verbalice.


Lectura política

Un expresidente que se va suele enviar, consciente o inconscientemente, estos mensajes:

  1. Desconfianza en el propio sistema que dejó

    • Si tú diseñaste las reglas, las instituciones, el Estado de derecho…
      ¿por qué no confías en que te protejan?

  2. Ruptura con el cuerpo social

    • Gobernar implica representar.

    • Irse implica decir: “ya no me reconozco aquí” o “aquí ya no soy bienvenido”.

  3. Conciencia de cuentas pendientes

    • No necesariamente delitos comprobados, pero sí la intuición de que el juicio social, histórico o legal puede alcanzarte.


Lectura psicológica (más fina)

Aquí se pone interesante.

Puede leerse como:

  • Evitar la mirada
    El expresidente deja de ser mito y se vuelve vecino. Eso incomoda.
    Vivir en otro país protege del espejo cotidiano.

  • Duelo no resuelto del poder
    El que se va muchas veces no tolera bien la pérdida de centralidad.
    Prefiere ser “exmandatario en el extranjero” que ciudadano común en su propio país.

  • Identificación con las élites globales, no con la nación
    Se sienten más cómodos en Madrid, Miami o París que en su propio país porque su clase real no era nacional, era transnacional.


¿Inconformidad con el país?

Más bien inconformidad con el pueblo, no con el territorio.

No es:

“Este país está mal”

sino:

“Este país ya no me reconoce como yo quiero”

Y eso es durísimo para alguien que fue el centro del relato nacional.


En México, además…

Hay un matiz histórico muy mexicano:

  • La presidencia fue durante décadas un trono sexenal.

  • Al bajar del trono, el país ya no te debe silencio ni reverencia.

  • Irse es una forma de extender el privilegio, no de abandonarlo.

Por eso se siente tan mal cuando ocurre:
no es turismo, es distancia moral.


 sin rodeos

Cuando un expresidente se va a vivir fuera:

  • No siempre huye,

  • No siempre es culpable,

  • Pero casi nunca es inocente simbólicamente.

Es una confesión muda:

“Goberné este país, pero no quiero compartir su destino.”

Y eso, camaradas, dice más que mil discursos patrióticos.

 

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