martes, 17 de febrero de 2026

 “La risa es revolucionaria y la guillotina un icono adolescente.”

Monedero lanza una carcajada con filo. No es chiste: es diagnóstico.
La risa aquí no es evasión ni meme vacío. Es risa desmitificadora. La risa que desnuda al rey, que le baja los pantalones al poder y deja ver que debajo del traje hay miedo, torpeza y ego inflado. 
Reírse del poder es quitarle su aura sagrada. 
Y cuando el poder deja de parecer invencible, empieza a resquebrajarse. 
Por eso la risa es peligrosa. Por eso es revolucionaria. 
El humor es una huelga simbólica: no obedece, no reverencia, no pide permiso.
La guillotina, en cambio, aparece como fetiche. Como póster. Como icono punk de habitación adolescente: rabia rápida, justicia instantánea, solución quirúrgica. 
Es la fantasía de cortar cabezas para no tener que pensar estructuras. Mucha épica, poca política. Mucha testosterona simbólica, poco proyecto. La guillotina promete pureza moral y finales claros; la realidad política ofrece barro, contradicciones y procesos largos. Spoiler: la historia no se resuelve en un solo tajo.
La frase dice algo incómodo:
que madurar políticamente es pasar del deseo de aniquilar al enemigo al arte más complejo —y más subversivo— de ridiculizarlo, desarmarlo, exponerlo.
Que la revolución no siempre grita: a veces se ríe bajito… y gana.
La guillotina tranquiliza conciencias jóvenes: “el mal tiene rostro, cortémoslo”.
La risa inquieta conciencias adultas: “el mal es sistémico, ¿y ahora qué hacemos?”
En resumen, camaradas:
la risa piensa, la guillotina reacciona.
la risa erosiona, la guillotina simplifica.
la risa construye tiempo histórico; la guillotina vive del instante.
Y como toda buena revolución, empieza cuando el poder deja de dar miedo…
y empieza a dar risa. 

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