La libertad como espectáculo: la trampa de una promesa vacía
En
el mundo contemporáneo, “libertad” se pronuncia con la misma devoción
con la que antes se invocaba a los dioses. Políticos, economistas y
gurús del desarrollo la usan como bandera, pero rara vez explican qué
significa. En realidad, la libertad moderna parece más una ilusión
cuidadosamente administrada que un derecho conquistado. Nos dicen “sé
libre”, mientras definen los límites de ese mandato. Lo que se nos
ofrece no es la libertad en su sentido esencial, sino una versión
domesticada, utilitaria y perfectamente compatible con el sistema que la
enuncia.
II. La libertad como simulacro
Jean Baudrillard
advirtió que vivimos en una era del simulacro: las cosas ya no son, sino
que representan ser. La libertad, bajo esta lógica, se convierte en un
producto de consumo simbólico. Puedes “ser libre” mientras trabajes para
pagar esa misma libertad en cuotas. El sujeto moderno cree elegir, pero
sus opciones son parte del mismo catálogo.
La política reduce la
libertad a la capacidad de votar cada cierto número de años, mientras
la economía la mide por la posibilidad de comprar. Pero, como escribió
Erich Fromm, la libertad sin sentido se convierte en angustia: el
individuo “huye de ella” porque no sabe qué hacer con tanto vacío
(Fromm, El miedo a la libertad, 1941).
III. La libertad y el espejismo del individuo
Las
frases populistas —“¡Viva la libertad, carajo!” o “vivir en sociedad
limita la libertad”— parten de una idea falsa: que el individuo existe
antes que la comunidad. Isaiah Berlin distinguió dos tipos de libertad:
la negativa (ausencia de coerción) y la positiva (capacidad de
autodeterminarse). En la práctica, la sociedad contemporánea exalta la
primera y mutila la segunda. Nos dejan “hacer lo que queramos”, siempre
que no altere las estructuras del poder o el orden establecido.
La
paradoja es brutal: somos libres para elegir nuestra cadena favorita.
Las redes sociales ofrecen el espejismo de la voz propia, pero en
realidad fabrican consenso y adicción. Hannah Arendt lo advirtió: el
individuo moderno se siente libre solo cuando está solo, y en esa
soledad es más fácil de manipular.
IV. La libertad cotidiana: un campo minado de normas
El
ejemplo es sencillo: no puedes subir el volumen de tu música a
medianoche. No porque el Estado te oprima, sino porque el otro también
tiene derecho al descanso. La convivencia exige límites, pero esos
límites se han mezclado con mecanismos de control. Lo público y lo
privado se confunden: cámaras, algoritmos, contratos y reglamentos
invisibles que dictan cómo comportarse.
En este contexto, la
libertad no desaparece, se diluye. Como diría Byung-Chul Han, vivimos en
una “sociedad del rendimiento” donde la coerción se volvió interna: ya
no necesitamos un amo, nos autoexplotamos con orgullo (La sociedad del
cansancio, 2010).
V. Conclusión
La libertad que se ofrece
es una trampa, sí, pero una trampa elegante: no aprieta con cadenas,
sino con promesas. Lo verdaderamente libre sería pensar más allá del
marco, asumir la incomodidad de no tener respuestas prefabricadas. La
libertad, al final, no es un grito ni un derecho otorgado: es una
práctica consciente, una resistencia silenciosa contra todo lo que busca
domesticar la mente.
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Bibliografía
Arendt, Hannah. La condición humana. Paidós, 1993.
Baudrillard, Jean. Cultura y simulacro. Kairós, 1993.
Berlin, Isaiah. Dos conceptos de libertad. Alianza Editorial, 2002.
Fromm, Erich. El miedo a la libertad. Paidós, 1976.
Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Herder, 2010.
Han, Byung-Chul. Psicopolítica: neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder, 2014.
Marx, Karl. Manuscritos económico-filosóficos. Fondo de Cultura Económica, 1968.
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