martes, 17 de febrero de 2026

 La libertad como espectáculo: la trampa de una promesa vacía

En el mundo contemporáneo, “libertad” se pronuncia con la misma devoción con la que antes se invocaba a los dioses. Políticos, economistas y gurús del desarrollo la usan como bandera, pero rara vez explican qué significa. En realidad, la libertad moderna parece más una ilusión cuidadosamente administrada que un derecho conquistado. Nos dicen “sé libre”, mientras definen los límites de ese mandato. Lo que se nos ofrece no es la libertad en su sentido esencial, sino una versión domesticada, utilitaria y perfectamente compatible con el sistema que la enuncia.

II. La libertad como simulacro

Jean Baudrillard advirtió que vivimos en una era del simulacro: las cosas ya no son, sino que representan ser. La libertad, bajo esta lógica, se convierte en un producto de consumo simbólico. Puedes “ser libre” mientras trabajes para pagar esa misma libertad en cuotas. El sujeto moderno cree elegir, pero sus opciones son parte del mismo catálogo.

La política reduce la libertad a la capacidad de votar cada cierto número de años, mientras la economía la mide por la posibilidad de comprar. Pero, como escribió Erich Fromm, la libertad sin sentido se convierte en angustia: el individuo “huye de ella” porque no sabe qué hacer con tanto vacío (Fromm, El miedo a la libertad, 1941).

III. La libertad y el espejismo del individuo

Las frases populistas —“¡Viva la libertad, carajo!” o “vivir en sociedad limita la libertad”— parten de una idea falsa: que el individuo existe antes que la comunidad. Isaiah Berlin distinguió dos tipos de libertad: la negativa (ausencia de coerción) y la positiva (capacidad de autodeterminarse). En la práctica, la sociedad contemporánea exalta la primera y mutila la segunda. Nos dejan “hacer lo que queramos”, siempre que no altere las estructuras del poder o el orden establecido.

La paradoja es brutal: somos libres para elegir nuestra cadena favorita. Las redes sociales ofrecen el espejismo de la voz propia, pero en realidad fabrican consenso y adicción. Hannah Arendt lo advirtió: el individuo moderno se siente libre solo cuando está solo, y en esa soledad es más fácil de manipular.

IV. La libertad cotidiana: un campo minado de normas

El ejemplo es sencillo: no puedes subir el volumen de tu música a medianoche. No porque el Estado te oprima, sino porque el otro también tiene derecho al descanso. La convivencia exige límites, pero esos límites se han mezclado con mecanismos de control. Lo público y lo privado se confunden: cámaras, algoritmos, contratos y reglamentos invisibles que dictan cómo comportarse.

En este contexto, la libertad no desaparece, se diluye. Como diría Byung-Chul Han, vivimos en una “sociedad del rendimiento” donde la coerción se volvió interna: ya no necesitamos un amo, nos autoexplotamos con orgullo (La sociedad del cansancio, 2010).

V. Conclusión

La libertad que se ofrece es una trampa, sí, pero una trampa elegante: no aprieta con cadenas, sino con promesas. Lo verdaderamente libre sería pensar más allá del marco, asumir la incomodidad de no tener respuestas prefabricadas. La libertad, al final, no es un grito ni un derecho otorgado: es una práctica consciente, una resistencia silenciosa contra todo lo que busca domesticar la mente.


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Bibliografía

Arendt, Hannah. La condición humana. Paidós, 1993.

Baudrillard, Jean. Cultura y simulacro. Kairós, 1993.

Berlin, Isaiah. Dos conceptos de libertad. Alianza Editorial, 2002.

Fromm, Erich. El miedo a la libertad. Paidós, 1976.

Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Herder, 2010.

Han, Byung-Chul. Psicopolítica: neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder, 2014.

Marx, Karl. Manuscritos económico-filosóficos. Fondo de Cultura Económica, 1968.




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