martes, 17 de febrero de 2026

 La fraternidad no es, sin más, un sentimiento. Es la lucha política contra cualquier subordinación. La fraternidad es una comunidad política que construye una esfera pública virtuosa, donde todas y todos nos miramos y que entre todas y todos cuidamos. En tiempos de internet, hay quien quiere construir las comunidades en las redes. Dejarle la fraternidad a la Iglesia es como dejarle el socialismo al estalinismo. Dejársela a Facebook, que en nombre de la construcción de comunidades ha estado vendiendo nuestros datos al mejor postor, es dejar a Nerón el servicio de bomberos, al obispo de Pensilvania una escuela infantil o a Jack el Destripador la vigilancia nocturna de Londres. Es hora de tomar la fraternidad en serio, de hacerla republicana, de regresarla a la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La fraternidad se asienta en valores, se convierte en leyes, políticas públicas, constituciones. Y la fuerza de la fraternidad se multiplica con la consideración de los intereses de los otros que recogen las instituciones democráticas.

La lucha de clases sin fraternidad hace que la izquierda se parezca demasiado a los que quiere combatir, igual que la fraternidad sin enemigos es una nota sin instrumento (fraternidad no es confraternización, dar por inexistentes los conflictos, sino todo lo contrario). Sin saber quién nos daña, no encontramos solución. Los drones se esconden detrás de una nube y las víctimas se separan como si eso sirviera para algo. Fragmentados, no vamos a ninguna parte. La derecha tiene el miedo. La izquierda, la esperanza. Sin la fraternidad, la izquierda no podrá recomponer los fragmentos. La democracia aprendió a hacer del trabajo el lugar por excelencia de la ciudadanía y aprendió a luchar contra la explotación. 
Hoy, las nuevas tecnologías tienen la capacidad de procesar petabytes de información y convencernos de sus bondades. El big data es dios porque lo ve todo, lo puede todo, está en todas partes y decide tu vida. El big data es el opio del pueblo. Nos reduce a suministradores de datos y nos desprecia como productores y consumidores. La clase media se desliza hacia abajo en la escalera social y los sectores populares sienten que la tecnología abre una brecha disruptiva, insalvable, que solo puede suturarse con decisiones públicas que va a tocar pelear con fuerza. Nadie sabe a ciencia cierta qué es la izquierda, pero si no recuperamos ese espacio de análisis y la lucha que ayer llamábamos así, no vamos a ser antepasados de nadie. O las mayorías vuelven a ser necesarias, de una forma u otra, o la revolución conservadora vendrá para quedarse mucho tiempo. Los que recaban y procesan datos venden incluso nuestra indignación y la convierten en un algoritmo que se convierte en un GPS ideológico. Los que compran los datos juegan con las emociones.
Juan Carlos Monedero 

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