“¿Por qué se enloquecen cuando les dicen que el fascismo es de derecha?”
Hay frases que funcionan como cerillos en una bodega de gasolina. Decir en Twitter que “el fascismo es de derecha” es una de ellas. No por lo que dice —que es, en términos históricos y académicos, bastante estándar— sino por lo que amenaza: identidades políticas, relatos morales y coartadas contemporáneas.
El enojo no surge del error conceptual, sino del miedo a la implicación.
I. El dato incómodo: el fascismo sí nace en la derecha
Si salimos un momento del ruido digital y entramos al terreno aburrido —pero sólido— de la historia política, el fascismo aparece con rasgos claros:
ultranacionalismo
jerarquía social “natural”
culto al líder
desprecio por la igualdad
represión de minorías
alianza con élites económicas cuando conviene
rechazo violento a la izquierda, al liberalismo y al pluralismo
Mussolini, Franco, Hitler no surgieron de sindicatos obreros ni de asambleas igualitarias. Surgieron como reacción al socialismo, al comunismo y a la democracia liberal, en contextos donde las élites económicas y militares temían perder poder.
Eso es derecha. No “derecha moderada”, no “derecha liberal”, pero sí extrema derecha autoritaria.
Aquí aparece el primer truco discursivo:
“Pero Mussolini decía que no era ni de izquierda ni de derecha”.
Claro. También Corea del Norte se llama “República Democrática”.
Las ideologías no se definen por cómo se anuncian, sino por cómo operan.
II. Entonces, ¿por qué tanto berrinche?
Porque decir que el fascismo es de derecha rompe una narrativa muy útil hoy:
la idea de que “los autoritarios siempre son los otros”.
Muchos sectores conservadores contemporáneos necesitan creer que:
la derecha = libertad
la izquierda = autoritarismo
Es un mapa moral infantil, pero efectivo.
Cuando alguien recuerda que el fascismo históricamente fue un proyecto de derecha, ese mapa se hace pedazos.
No están defendiendo a Mussolini.
Están defendiéndose a sí mismos.
III. El segundo truco: “el fascismo es solo autoritarismo”
Aquí viene otra maniobra elegante: vaciar el concepto.
Se redefine fascismo como:
“cualquier gobierno fuerte que no me gusta”.
Así, todo cabe:
un gobierno socialdemócrata
un Estado regulador
políticas de salud pública
impuestos progresivos
Pero ojo:
si todo es fascismo, nada es fascismo.
Este uso laxo no es ignorancia inocente; es una estrategia política. Si el fascismo ya no tiene contenido histórico, entonces nunca puede señalarse con precisión, y nadie tiene que hacerse cargo de sus afinidades.
IV. La confusión interesada: Estado fuerte ≠ fascismo
Otro motivo del escándalo es la confusión —deliberada— entre Estado fuerte y Estado fascista.
El fascismo no se define por tener Estado, sino por:
usarlo para aplastar disidencias
imponer una identidad única
glorificar la violencia
naturalizar la desigualdad
convertir a “los otros” en amenaza existencial
Un Estado puede ser grande y democrático.
Un Estado puede ser pequeño y brutal.
Pero en el discurso neoliberal extremo, cualquier límite al mercado se vive como una herejía. Entonces, llamar “fascista” a la izquierda se vuelve un reflejo condicionado.
No es análisis.
Es pánico.
V. Twitter como cámara de eco y teatro de identidades
Twitter no es una plaza pública; es un coliseo emocional.
Ahí no se discute para entender, sino para no perder la tribu.
Decir “el fascismo es de derecha” activa:
defensas identitarias
sarcasmo
memes
gritos
“whataboutism”
Porque aceptar el hecho implicaría una pregunta incómoda:
“¿Y si algunas ideas que hoy defiendo coquetean con eso que digo odiar?”
Y esa pregunta es insoportable en una red diseñada para certezas rápidas, no para introspección.
VI. La paradoja final
Lo irónico —y aquí el espíritu Carlin/Hicks sonríe desde el fondo— es esto:
Quienes más se enfurecen cuando se dice que el fascismo es de derecha suelen ser los mismos que:
desprecian a las minorías
romantizan el orden y la mano dura
odian la igualdad
piden líderes fuertes
relativizan el autoritarismo “si es por el bien del país”
Pero se ofenden si alguien pone el nombre correcto al fenómeno.
No porque el término sea falso.
Sino porque les queda peligrosamente cerca.
VII. Cierre
Así que no, camaradas: no es que “se estén volviendo locos” en Twitter.
Es algo más simple y más humano:
Cuando una palabra deja de ser un insulto abstracto y se convierte en un espejo histórico, la gente grita para no verse reflejada.
Y el fascismo, aunque les arda, sigue siendo de derecha, no porque lo diga Twitter, sino porque así nació, así operó y así dejó cicatrices que todavía no terminan de cerrar.
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