Lawrence Mead entra en escena como quien apaga la música y enciende la luz del salón: incómodo, puntual y convencido de tener razón.
Mead
—politólogo estadounidense, muy escuchado en los 80 y 90— fue uno de
los grandes críticos del Estado de bienestar clásico, ese que reparte
ayudas como si fueran mantas térmicas: alivian el frío, pero no te
enseñan a encender el fuego.
Su tesis central, dicha sin anestesia, era
esta: la pobreza no se combate solo con dinero, sino con conducta.
Para
Mead, el problema del welfare no era la compasión, sino la
permisividad. Sostenía que muchos programas sociales habían creado una
ciudadanía asistida pero desvinculada del deber, del trabajo, de la
disciplina cívica.
El Estado —decía— había aprendido a dar, pero había
olvidado exigir. Un padre blando que paga la renta pero nunca pregunta
si hiciste la tarea.
De ahí su propuesta estrella:
el “workfare”. No ayuda sin condiciones, no derechos sin obligaciones.
Si recibes apoyo público, debes trabajar, formarte, cumplir horarios,
demostrar esfuerzo. No por castigo, sino —según él— por dignidad. El
trabajo como rito de iniciación a la vida adulta, no como castigo
bíblico.
Esto encajó como guante ideológico en la era Reagan-Clinton:
A la derecha le gustaba porque sonaba a orden, responsabilidad y ahorro.
Al centro le seducía porque parecía pragmático, no cruel.
A la izquierda… bueno, a la izquierda le sonó a moralismo con corbata.
Sus críticos no tardaron en afilar los cuchillos:
le
reprocharon culpabilizar al pobre, ignorar las estructuras económicas,
el racismo, la precariedad laboral.
Le dijeron que pedir “conducta
correcta” en un sistema desigual es como exigir elegancia a quien camina
descalzo sobre vidrios.
Pero Mead nunca se
presentó como villano. Él se veía como realista severo, convencido de
que sin normas compartidas no hay ciudadanía, solo supervivientes
administrados.
En el fondo, su pregunta sigue viva y mordiendo:
¿el Estado debe proteger o disciplinar?
¿ayudar es dar o es exigir?
¿la libertad nace del apoyo incondicional o del roce áspero de la obligación?
Mead no ganó el debate. Pero logró algo peor: lo volvió inevitable.
Desde entonces, cada política social camina con un ojo puesto en la compasión y el otro en el reglamento.
Y el Estado, como un padre moderno y confundido, sigue preguntándose si ama demasiado… o exige demasiado poco.
Vamos a quitarle el traje a Mead y dejarlo en ropa interior teórica. Sin piedad, pero con elegancia.
Primera grieta: confunde causa con síntoma.
Mead
mira la pobreza y ve “mal comportamiento”. Pero la pobreza no es una
falta ética: es una condición estructural. No nace de la pereza sino de
mercados laborales rotos, salarios miserables, racismo sistémico y
ciclos económicos que siempre barren a los mismos. Mead observa al
náufrago y concluye que no sabe nadar, ignorando que alguien hundió el
barco.
Segunda trampa: el mito del trabajo redentor.
Para
Mead, el trabajo es una especie de sacramento laico: purifica, ordena,
dignifica. Pero nunca se pregunta qué trabajo. ¿Precario, mal pagado,
humillante, sin derechos? El workfare no crea ciudadanía: crea mano de
obra dócil. No integra, disciplinariza. No eleva, acostumbra a obedecer.
Es ética protestante reciclada para la era neoliberal.
Tercera falacia: moraliza la desigualdad.
Mead
transforma un problema político en un problema de carácter. Si eres
pobre, algo hiciste mal. Si dependes del Estado, te falta voluntad. Así,
la desigualdad deja de ser injusta y pasa a ser merecida. Es el truco
más viejo del poder: convertir el privilegio en virtud y la miseria en
culpa.
Cuarta incoherencia: exige responsabilidad solo hacia abajo.
Mead
pide disciplina al pobre, pero jamás al banco que quiebra y recibe
rescates, ni a la empresa que evade impuestos, ni al fondo buitre que
especula con viviendas.
Curioso sentido de la moral: rigor para el
débil, indulgencia para el fuerte.
El Estado-padre solo regaña a los
hijos flacos; a los gordos les guiña el ojo.
Quinta contradicción democrática:
El
welfare, para Mead, debe enseñar obediencia. Pero la democracia no
necesita súbditos responsables; necesita ciudadanos con derechos
materiales garantizados.
Sin seguridad económica no hay libertad real,
solo elecciones formales.
El workfare no empodera: domestica.
Cambia el
derecho por el permiso, la ciudadanía por la condicionalidad.
En el fondo, Mead no odia a los pobres. Algo peor:
no los entiende.
Los
observa desde arriba, con una mezcla de temor y pedagogía, como quien
cree que el orden social es frágil y que, si aflojas la correa, el caos
saldrá a morderte los tobillos.
Su error final es casi poético:
cree que el Estado debe educar en virtud, cuando en realidad debería garantizar condiciones.
La virtud sin pan es sermón.
La disciplina sin justicia es castigo.
Y la ayuda que humilla no libera: marca.
Así cae Mead:
no como un villano, sino como un moralista con estadísticas,
un predicador secular que quiso salvar al pobre…
corrigiéndolo,
en lugar de cambiar el mundo que lo empuja a caer.
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