lunes, 9 de febrero de 2026

 Lawrence Mead entra en escena como quien apaga la música y enciende la luz del salón: incómodo, puntual y convencido de tener razón.

Mead —politólogo estadounidense, muy escuchado en los 80 y 90— fue uno de los grandes críticos del Estado de bienestar clásico, ese que reparte ayudas como si fueran mantas térmicas: alivian el frío, pero no te enseñan a encender el fuego. 
Su tesis central, dicha sin anestesia, era esta: la pobreza no se combate solo con dinero, sino con conducta.
Para Mead, el problema del welfare no era la compasión, sino la permisividad. Sostenía que muchos programas sociales habían creado una ciudadanía asistida pero desvinculada del deber, del trabajo, de la disciplina cívica. 
El Estado —decía— había aprendido a dar, pero había olvidado exigir. Un padre blando que paga la renta pero nunca pregunta si hiciste la tarea.
De ahí su propuesta estrella: el “workfare”. No ayuda sin condiciones, no derechos sin obligaciones. Si recibes apoyo público, debes trabajar, formarte, cumplir horarios, demostrar esfuerzo. No por castigo, sino —según él— por dignidad. El trabajo como rito de iniciación a la vida adulta, no como castigo bíblico.
Esto encajó como guante ideológico en la era Reagan-Clinton:
A la derecha le gustaba porque sonaba a orden, responsabilidad y ahorro.
Al centro le seducía porque parecía pragmático, no cruel.
A la izquierda… bueno, a la izquierda le sonó a moralismo con corbata.
Sus críticos no tardaron en afilar los cuchillos:
le reprocharon culpabilizar al pobre, ignorar las estructuras económicas, el racismo, la precariedad laboral. 
Le dijeron que pedir “conducta correcta” en un sistema desigual es como exigir elegancia a quien camina descalzo sobre vidrios.
Pero Mead nunca se presentó como villano. Él se veía como realista severo, convencido de que sin normas compartidas no hay ciudadanía, solo supervivientes administrados.
En el fondo, su pregunta sigue viva y mordiendo:
¿el Estado debe proteger o disciplinar?
¿ayudar es dar o es exigir?
¿la libertad nace del apoyo incondicional o del roce áspero de la obligación?
Mead no ganó el debate. Pero logró algo peor: lo volvió inevitable.
Desde entonces, cada política social camina con un ojo puesto en la compasión y el otro en el reglamento.
Y el Estado, como un padre moderno y confundido, sigue preguntándose si ama demasiado… o exige demasiado poco.
Vamos a quitarle el traje a Mead y dejarlo en ropa interior teórica. Sin piedad, pero con elegancia.

Primera grieta: confunde causa con síntoma.
Mead mira la pobreza y ve “mal comportamiento”. Pero la pobreza no es una falta ética: es una condición estructural. No nace de la pereza sino de mercados laborales rotos, salarios miserables, racismo sistémico y ciclos económicos que siempre barren a los mismos. Mead observa al náufrago y concluye que no sabe nadar, ignorando que alguien hundió el barco.
Segunda trampa: el mito del trabajo redentor.
Para Mead, el trabajo es una especie de sacramento laico: purifica, ordena, dignifica. Pero nunca se pregunta qué trabajo. ¿Precario, mal pagado, humillante, sin derechos? El workfare no crea ciudadanía: crea mano de obra dócil. No integra, disciplinariza. No eleva, acostumbra a obedecer. Es ética protestante reciclada para la era neoliberal.
Tercera falacia: moraliza la desigualdad.
Mead transforma un problema político en un problema de carácter. Si eres pobre, algo hiciste mal. Si dependes del Estado, te falta voluntad. Así, la desigualdad deja de ser injusta y pasa a ser merecida. Es el truco más viejo del poder: convertir el privilegio en virtud y la miseria en culpa.
Cuarta incoherencia: exige responsabilidad solo hacia abajo.
Mead pide disciplina al pobre, pero jamás al banco que quiebra y recibe rescates, ni a la empresa que evade impuestos, ni al fondo buitre que especula con viviendas. 
Curioso sentido de la moral: rigor para el débil, indulgencia para el fuerte. 
El Estado-padre solo regaña a los hijos flacos; a los gordos les guiña el ojo.
Quinta contradicción democrática:
El welfare, para Mead, debe enseñar obediencia. Pero la democracia no necesita súbditos responsables; necesita ciudadanos con derechos materiales garantizados. 
Sin seguridad económica no hay libertad real, solo elecciones formales. 
El workfare no empodera: domestica. 
Cambia el derecho por el permiso, la ciudadanía por la condicionalidad.
En el fondo, Mead no odia a los pobres. Algo peor:
no los entiende.
Los observa desde arriba, con una mezcla de temor y pedagogía, como quien cree que el orden social es frágil y que, si aflojas la correa, el caos saldrá a morderte los tobillos.
Su error final es casi poético:
cree que el Estado debe educar en virtud, cuando en realidad debería garantizar condiciones.
La virtud sin pan es sermón.
La disciplina sin justicia es castigo.
Y la ayuda que humilla no libera: marca.
Así cae Mead:
no como un villano, sino como un moralista con estadísticas,
un predicador secular que quiso salvar al pobre…
corrigiéndolo,
en lugar de cambiar el mundo que lo empuja a caer.

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