lunes, 9 de febrero de 2026

 Educación en dos velocidades: el apartheid suave del Reino Unido

No hay muros. No hay alambre de púas. No hay letreros que digan “prohibido pasar”.
Y, sin embargo, el sistema educativo británico funciona como un apartheid educado, con modales de té a las cinco y sonrisas de folleto institucional. Un apartheid suave, acolchado, legal. 
Un apartheid que no grita: susurra.

En Engines of Privilege, Green y Kynaston
lo dejan claro: la división entre educación pública y privada no es solo una diferencia administrativa, es una fractura civilizatoria. 
Dos velocidades, dos futuros, dos países coexistiendo en el mismo mapa. 
Uno acelera; el otro pedalea cuesta arriba con una llanta ponchada.

Por un lado, las escuelas privadas de élite:
ratios bajos, redes de contactos que valen más que cualquier examen, seguridad emocional y social garantizada. 
No preparan para el mundo real: preparan para gobernarlo.
Por el otro, la escuela pública: sobrecargada, vigilada, evaluada hasta el cansancio, obligada a demostrar su valor mientras corre una carrera con pesas en los tobillos.

La desigualdad aquí no es explícita; es coreográfica.


El apartheid clásico separaba cuerpos. 
Este separa trayectorias. 
Desde la infancia, el sistema le dice a unos: “tú lideras” y a otros: “tú te adaptas”. 
No es necesario prohibir el acceso: basta con cobrarlo. 
La cuota sustituye a la reja; la tradición, al decreto.

Y lo más perverso es el disfraz moral. 
Se nos dice que existe “libertad de elección”, como si todos eligieran desde el mismo punto de partida. Como si una familia obrera pudiera “optar” por Eton (La escuela para los más poderosos y privilegiados del país) del mismo modo que elige marca de cereal. 
La elección, aquí, es un lujo narrado como derecho universal.

El resultado es una élite endogámica, reciclada generación tras generación. Ministros, jueces, directores de medios, ejecutivos: muchos cortados con la misma tijera educativa. 
El país no se gobierna desde el talento colectivo, sino desde un club privado con uniforme y acento correcto.

Green y Kynaston no exageran cuando sugieren que este sistema erosiona la democracia. Porque la democracia no muere solo con golpes de Estado; también se asfixia lentamente cuando las oportunidades se concentran, cuando el ascensor social se convierte en adorno y cuando la escuela —en vez de mezclar— separa.

El apartheid suave tiene una ventaja estratégica:
no provoca indignación inmediata. No humilla de forma directa. Funciona con elegancia, con tradición, con la respetabilidad de lo “normal”. Y precisamente por eso es tan difícil de desmontar: nadie quiere parecer radical por pedir algo tan simple como igualdad de condiciones.

Pero una sociedad que educa a sus hijos en carriles distintos no puede sorprenderse cuando también piensa, vota y gobierna en mundos paralelos. La escuela, nos guste o no, es el primer laboratorio de ciudadanía. Si ahí se aprende la segregación, luego no hay discurso que cure la fractura.

La pregunta incómoda persiste:

¿puede llamarse democrática una nación que entrena a sus élites en privado y deja lo público como plan B?

Mientras la educación siga yendo en dos velocidades, la promesa de igualdad será solo eso: una promesa dicha despacio, para que no se note que nunca llega.



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Bibliografía mínima

Green, Francis & Kynaston, David. Engines of Privilege: Britain’s Private School Problem. Bloomsbury, 2019.

Reay, Diane. Social Class and Educational Inequality: The Impact of Parents and Schools. Sociology Compass, 2010.

Wilkinson, Richard & Pickett, Kate. The Spirit Level: Why More Equal Societies Almost Always Do Better. Allen Lane, 2009.

Bourdieu, Pierre. La reproducción: elementos para una teoría del sistema de enseñanza. Fontamara, 1996.

Apple, Michael W. Educating the “Right” Way: Markets, Standards, God, and Inequality. Routledge, 2006.

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