miércoles, 4 de febrero de 2026


 Rockefeller murió viejo, entero, sin grietas visibles. Casi un siglo acumulando mundo, petróleo, silencios. Y cuando lo abrieron —como quien revisa una caja fuerte esperando encontrar papeles comprometedores— no apareció nada: ni remordimiento, ni culpa, ni esa astilla incómoda que llamamos escrúpulo. El cuerpo limpio. La conciencia, en huelga permanente.

La frase es un bisturí afilado: el poder, cuando se fabrica bien, no deja residuos morales. No duele, no pica, no despierta de madrugada. Es un poder tan bien refinado como su petróleo: sin impurezas humanas.
Rockefeller no fue solo un hombre; fue una pedagogía. Enseñó que la acumulación extrema requiere una operación previa: vaciar el corazón para ampliar la caja fuerte. El escrúpulo ocupa espacio, estorba, pesa. Y el poder —ese dios moderno— exige ligereza ética para moverse rápido.
No es que no supiera lo que hacía. Es peor: lo sabía tan bien que logró convertir la devastación en normalidad, el monopolio en eficiencia, la miseria ajena en externalidad contable. La violencia, cuando se vuelve estructural, deja de manchar las manos. Se firma. Se regula. Se hereda.
Por eso la autopsia es una metáfora perfecta: buscar humanidad en el cadáver del poder absoluto es como buscar agua en el desierto que él mismo creó. No está. Nunca estuvo. Fue drenada mucho antes, en nombre del progreso, del mercado, del orden.
Y aquí está la ironía final, casi poética:
murió sin escrúpulos…
pero rodeado de instituciones que hoy nos piden que tengamos paciencia, civismo y fe en el sistema.
El poder bien fabricado no mata de golpe. Te convence de que nadie es responsable. Y cuando todos son inocentes, el crimen se vuelve paisaje.
Así funciona la alquimia: petróleo entra, imperios salen.
Conciencia no incluida. 

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