lunes, 16 de febrero de 2026

 Los últimos realistas – La aristocracia limeña y la resistencia a la independencia (Perú)

Si México tuvo a un emperador oportunista y Venezuela a un precursor ambiguo, Perú tuvo a una élite que no quería independizarse. Y no por falta de información, ni por ingenuidad. 

No: por cálculo.

A diferencia de otras regiones, el Virreinato del Perú era uno de los centros más ricos y conservadores del imperio español. Lima no era una colonia periférica; era capital virreinal, sede de poder, comercio y aristocracia. La independencia no prometía libertad para ellos; prometía incertidumbre.

Cuando las guerras independentistas estallaban por todo el continente, muchos miembros de la aristocracia limeña —terratenientes, altos clérigos, comerciantes vinculados a la corona— permanecieron fieles al rey. No era romanticismo monárquico. Era defensa de privilegios.

Mientras en el sur avanzaba José de San Martín y desde el norte presionaba Simón Bolívar, Lima seguía siendo un bastión realista. Incluso el último virrey, José de la Serna, resistió hasta 1824. La batalla decisiva no ocurrió en 1810 ni en 1815: ocurrió tarde, en Ayacucho.

Eso ya nos dice algo.

En muchos territorios, la independencia fue un levantamiento interno. En Perú, en gran medida, fue “importada” por ejércitos externos. No porque el pueblo no tuviera deseos de cambio —las rebeliones indígenas habían ocurrido desde antes, como la de Túpac Amaru II— sino porque la élite criolla limeña veía más riesgo que beneficio en romper con España.

¿Por qué?

Porque la independencia significaba:

  • Posible reforma agraria.

  • Pérdida del monopolio comercial.

  • Cuestionamiento del orden racial.

  • Inestabilidad política.

La monarquía garantizaba jerarquía. La república prometía igualdad… al menos en el discurso. Y cuando uno está arriba, la igualdad no entusiasma.

Aquí la “traición” no fue teatral ni personal como la de Iturbide. Fue más silenciosa: resistir el cambio que podía ampliar derechos, aunque eso implicara mantener un orden colonial agotado.

Hay una lección incómoda en este capítulo: muchas veces las élites no traicionan gritando “¡Viva el rey!”. Traicionan retrasando, bloqueando, negociando, esperando que el viento pase y todo siga igual.

Y si lo miramos con lupa histórica, este patrón se repetirá:
cuando el cambio amenaza privilegios, aparece la resistencia disfrazada de prudencia, estabilidad o defensa del orden.

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