Kissinger y el Nobel: el colmo del absurdo
Imagínate esto: un tipo que ha estado en el centro de golpes de Estado, guerras interminables y redes de asesinato político, y… ¡le dan el Nobel de la Paz! Sí, el mismo premio que deberían dar a los que intentan salvar vidas, no a los que manejan misiles y dictaduras como si fueran fichas de ajedrez. Es como darle un trofeo de “Buen Chef” a alguien que incendió toda la cocina primero.
Kissinger pasó décadas jugando al diplomático, abriendo puertas para que EE. UU. negociara con China, mientras en Sudamérica apoyaba dictaduras que desaparecían gente por pensar distinto. Y el Comité Nobel le aplaude. ¡Aplausos, por favor! Porque nada dice “promotor de la paz” como permitir que tu aliado torture y asesine opositores políticos. Qué bonito.
La ironía es brutal: millones de víctimas de la Operación Cóndor, de la guerra de Vietnam, y los poderosos deciden que este hombre merece el galardón más prestigioso de la paz. Es como si premiaran a un pirómano por aprender a usar un extinguidor después de quemar el barrio entero. Y lo peor: el mundo aplaudió. Algunos dijeron: “Bueno, al menos negoció Vietnam”. Sí, negoció mientras otras partes del mundo ardían. Fantástico.
Este Nobel no es un premio a la paz. Es un recordatorio de que la política internacional y los premios pueden ser completamente absurdos. Y nos deja una lección amarga: que el “premio a la paz” no siempre va de paz, sino de quién tiene influencia suficiente para disfrazar sus crímenes de diplomacia.
En fin, si alguna vez pensaste que la vida tenía sentido, recuerda a Kissinger con su Nobel y ríete… aunque sea con un poco de desesperación.
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