“La patria en el tráfico”
Tres horas para ir.
Tres horas para volver.
Seis horas diarias mirando el parabrisas como si fuera la ventana de una cárcel transparente.
Pero tranquilo… eres libre.
Libre de elegir entre la estación A o la estación B.
Libre de escuchar el noticiero que te explica por qué debes preocuparte por la democracia mientras no tienes tiempo ni para cenar con tus hijos.
Libre de indignarte en redes sociales desde el asiento 43 del vagón 7.
Eso sí es libertad moderna:
puedes opinar sobre el destino del país mientras no puedes decidir sobre tu propio horario.
Te dicen: “La patria te necesita”.
¿Ah sí? La patria te necesita… pero primero llega puntual. Después vemos lo demás.
Te dicen: “La familia es lo más importante”.
Claro. Por eso llegas cuando ya están dormidos.
Te dicen: “Dios tiene un plan para ti”.
Probablemente el plan incluía tráfico pesado en Periférico.
Y lo más fascinante es esto:
La persona está genuinamente preocupada por la democracia.
Y eso es noble. De verdad lo es.
Pero hay algo trágico en preocuparse por la arquitectura del Estado cuando tu vida cotidiana está estructurada como un castigo.
Aquí viene la parte incómoda, camaradas:
La libertad política sin tiempo vital es una libertad teórica.
Y la libertad que no controla tu tiempo… no controla nada.
El sistema no necesita cadenas.
Le basta con distancias largas, vivienda cara, transporte deficiente y salarios que obliguen a aceptar lo inaceptable.
Y tú sigues diciendo:
“Al menos vivimos en libertad”.
¿Libertad?
Si tu día está dividido entre dormir, trabajar y trasladarte, tu margen real de decisión es microscópico. Es un espacio tan pequeño que cabe en el scroll de una pantalla.
Pero ojo:
No es culpa de esa persona. No es debilidad moral. No es falta de conciencia. Es estructura. Es diseño. Es modelo económico urbano que convierte el tiempo humano en combustible.
Y aquí viene la pregunta:
¿Puede alguien así preocuparse por Dios, la patria o la democracia?
Sí.
Pero primero tendría que recuperar su tiempo.
Porque la verdadera libertad no empieza en las urnas.
Empieza en el reloj.
Hay algo existencial aquí:
El tiempo es la materia prima de la vida. Si te lo drenan sistemáticamente, te están drenando existencia.
Se debe recuperar agencia. Recuperar espacio. Recuperar terreno.
El problema no es solo político. Es ontológico.
¿Quién posee tu tiempo?
Ahí empieza todo.
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