lunes, 16 de febrero de 2026

 Si un político de la talla de Donald Trump comparte o difunde un contenido donde se representa a Barack Obama y a Michelle Obama como monos, no estamos ante humor negro. Estamos ante una imagen con una carga histórica brutal.

Porque en Estados Unidos —y en buena parte del mundo occidental— comparar personas negras con simios no es un chiste cualquiera: es un recurso clásico de la propaganda racista del siglo XIX y XX para justificar esclavitud, segregación y violencia. Eso no es “sensibilidad moderna”. Es historia documentada.



¿Sabes qué es lo más fascinante? Que siempre te dicen que “ya superamos el racismo”. Que vivimos en la era post-racial. Que todo es exageración de los medios. Y luego un expresidente comparte una imagen que podría haber salido de un panfleto de 1910… y te dicen que es “broma”.

Carlin diría algo así:

“No es racismo, es libertad de expresión… pero curiosamente la libertad siempre apunta hacia abajo.”

Porque el poder rara vez se burla del poderoso. Se burla del que históricamente fue deshumanizado. Nunca ves caricaturas que representen a multimillonarios como ratas para recordar la crisis financiera. Curioso, ¿no?

Y Hicks iría más al hueso:

“Si tu chiste necesita 400 años de esclavitud para funcionar… no es un chiste. Es una confesión.”

Lo preocupante no es solo la imagen. Es la normalización. Es el aplauso. Es la carcajada colectiva que dice: “Relájense, solo es humor”. Ese “solo” es el anestésico.

Porque el humor puede ser subversivo —Carlin lo usaba para desenmascarar estructuras de poder—, pero también puede ser herramienta de degradación. La diferencia está en hacia dónde golpea. Si golpea al poder, es sátira. Si golpea al históricamente humillado, es propaganda con risa enlatada.

Y aquí hay algo más profundo:

Cuando un líder juega con símbolos raciales, no lo hace en el vacío. Activa códigos. Envía guiños. No necesita decir “soy racista”. Solo necesita compartir la imagen correcta para que ciertos sectores entiendan el mensaje.

Eso es lo que lo vuelve preocupante.

No es el meme.
Es el clima.
Es la señal.

Y en política, las señales importan más que las palabras.


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