La izquierda ha muerto, ¡viva la izquierda!
Si
fuera cierto que “la izquierda” ha muerto,
¿cuál es el sujeto que ha
muerto con ella?
¿Se han muerto acaso los trabajadores?
¿Se han muerto
quizá los desiguales?
¿Se han muerto las mujeres, los colonizados, los
condenados de la tierra?
¿Se han muerto antes de tiempo los ancianos?
¿Se han muerto fulminados por un rayo los que recrean sexualidades
desatentas con la reproducción?
¿Se han muerto todos los patitos feos
del mundo? ¿Se han muerto los que quieren darle sentido a este breve
tiempo en el que vamos a estar aquí? ¿Significa la muerte de la
izquierda que también han desaparecido los que dinamitan la convivencia,
los explotadores, los invasores, los maltratadores, los abusadores, los
tramposos, los sin escrúpulos, los egoístas, los autoritarios, los
sectarios, los cobardes, los integristas, los que mercantilizan la vida,
los que solo tienen manos y ojos para ver y tocar negocios y
mercancías?
No le faltaba razón a Francis Fukuyama cuando escribió El
fin de la historia al filo de la caída de la URSS. Fue un ensayo muy
insultado, pero acertó en definir el momento.
La gente descontenta con
su suerte se quedó sin palabras para explicarse a sí misma lo que le
pasaba.
Si el pasado era oscuro y el futuro ya estaba aquí, solo quedaba
vivir en el presente.
Quizá el libro más poderoso que robaron los
vencedores fue el diccionario. Ahora que los diccionarios están en
internet, la izquierda tiene que pasar pantalla.
Una parte de la gente
que ha votado a Trump en Estados Unidos, de esa gente que vota a la
extrema derecha en Europa y no pocos de los que votaron a favor del
brexit en Gran Bretaña no deja de ser gente que está confiando, de
manera desesperada, en la política. Su rabia no es indiferente. Es gente
que, con bastante probabilidad, habrá perdido bienestar y que, sobre
todo, tiene miedo.
Quizá ese miedo es irracional, creado por noticias
falsas, injustificado. Seguro que las redes sociales, en manos de
pirómanos con ramificaciones bancarias, son en buena medida responsables
de esa angustia. Pero no deja de ser cierto que tienen miedo.
Las
democracias liberales los han engañado. Y hay un riesgo de que renuncien
a la democracia.
Decía Walter Benjamin en los años treinta que detrás
de todo auge del fascismo había una revolución de izquierda fracasada.
Hoy se puede ser más pesimista y decir que detrás del auge de la extrema
derecha siempre está el fracaso de una izquierda democrática.
Cuando
liberales, socialdemócratas y conservadores, banqueros y medios
acorralaron contra las cuerdas en 2015 a la Grecia de Syriza, estaban
convocando el fascismo.
Lo sabían porque se les dijo hasta la saciedad.
El fascismo ya está en las calles de Grecia.
Esos hipócritas son los que
ahora se quejan con llantos más amargos.
Juan Carlos Monedero
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