La historia y la construcción de la identidad nacional
Las naciones no nacen: se cuentan.Se repiten.
Se pulen.
Se maquillan.
A veces se mienten con descaro.
David McCullough, en History Matters, insiste en algo incómodo para patriotas de pecho inflado y tecnócratas sin memoria: la identidad nacional no es ADN, es narrativa. Y como toda narrativa, puede educar… o intoxicar.
La historia es el gran taller donde se fabrica el “nosotros”. Ahí se decide quién entra al retrato y quién queda fuera del encuadre. Qué héroes se veneran, qué derrotas se minimizan, qué violencias se justifican como “inevitables”. No es casualidad: una nación se reconoce en los relatos que elige recordar y, sobre todo, en los que decide olvidar.
McCullough defiende una historia contada con rigor, humanidad y sentido cívico. No como propaganda, sino como memoria compartida. Cuando la historia se reduce a mitos patrióticos —banderas limpias, próceres sin contradicciones, gestas sin cadáveres—, la identidad nacional se vuelve frágil, infantil, incapaz de mirarse al espejo sin romperlo.
Una identidad madura nace del conflicto bien contado. De aceptar que los fundadores fueron humanos, no estampitas. Que hubo avances, sí, pero también exclusiones. Que el “progreso” casi nunca fue parejo y que la nación se construyó tanto con discursos elevados como con manos callosas y voces silenciadas. McCullough no propone destruir la identidad nacional, sino hacerla más honesta. Y por tanto, más fuerte.
Aquí la historia cumple su función política más profunda: enseñar pertenencia sin negar complejidad. Cuando los ciudadanos conocen la historia real —con sus luces y sombras— se identifican no desde la obediencia ciega, sino desde la responsabilidad. No “mi país siempre tuvo razón”, sino “mi país hizo esto, y ahora me toca a mí hacerlo mejor”.
El problema aparece cuando la historia se convierte en arma. Nacionalismos huecos, guerras culturales, nostalgias inventadas: todo empieza con una versión simplificada del pasado.
McCullough advierte que una nación que no enseña bien su
historia queda a merced del primer demagogo con talento narrativo. Si no
sabemos quiénes fuimos, cualquiera puede decirnos quiénes somos.
La identidad nacional, entonces, no se defiende con himnos más fuertes, sino con memoria mejor contada. Una historia que incluya a los olvidados, que explique las decisiones, que nombre las injusticias sin miedo a “debilitar la patria”. Porque una nación que solo se ama a sí misma cuando se idealiza, no se ama: se idolatra.
En tiempos de polarización, la historia es el último idioma común.
La identidad nacional, entonces, no se defiende con himnos más fuertes, sino con memoria mejor contada. Una historia que incluya a los olvidados, que explique las decisiones, que nombre las injusticias sin miedo a “debilitar la patria”. Porque una nación que solo se ama a sí misma cuando se idealiza, no se ama: se idolatra.
En tiempos de polarización, la historia es el último idioma común.
No para cerrar
debates, sino para hacerlos posibles. McCullough nos recuerda que contar
bien el pasado no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto de
ciudadanía. La identidad nacional no es una herencia pasiva: es una
tarea permanente. Y se escribe, siempre, en tiempo presente.
Bibliografía
McCullough, David. History Matters. Simon & Schuster, 2016.
Anderson, Benedict. Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. Verso, 1983.
Hobsbawm, Eric. Nations and Nationalism since 1780. Cambridge University Press, 1990.
Smith, Anthony D. National Identity. University of Nevada Press, 1991.
Bibliografía
McCullough, David. History Matters. Simon & Schuster, 2016.
Anderson, Benedict. Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. Verso, 1983.
Hobsbawm, Eric. Nations and Nationalism since 1780. Cambridge University Press, 1990.
Smith, Anthony D. National Identity. University of Nevada Press, 1991.
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