Según Walter Lippmann, consejero del presidente estadounidense Woodrow Wilson, la labor del público es limitada. No corresponde al público “juzgar los méritos intrínsecos de una cuestión u ofrecer un análisis o soluciones”. El público “no razona, investiga, inventa, convence, negocia o establece”. Por el contrario, “actúa sólo poniéndose del lado de alguien que esté en situación de actuar de manera ejecutiva [...] Es precisamente por ese motivo que ‘hay que poner al público en su lugar’. La multitud aturdida, que da golpes con los pies y ruge, ‘tiene su función’: ser el espectador interesado de la acción”. No el participante. La participación es deber de los hombres responsables.
Carlos Fazioviernes, 6 de febrero de 2026
Lippmann
mira al público como quien mira el mar desde un despacho: vasto,
ruidoso, peligroso si se desborda.
Su tesis —retomada críticamente por
Carlos Fazio— es brutal en su honestidad y cínica en sus consecuencias:
la democracia no es el gobierno del pueblo, sino el gobierno sobre el
pueblo, con el pueblo aplaudiendo desde la platea… si se porta bien.
Aquí
no hay romanticismo rousseauniano.
El público, dice Lippmann, no
piensa, no analiza, no propone.
Apenas elige bando, como quien elige
equipo de fútbol con la camiseta prestada y la resaca del día anterior.
Su función es mirar, reaccionar, rugir cuando le tocan el nervio
correcto.
Participar activamente sería demasiado pedirle a esa “multitud
aturdida”.
La política, entonces, queda reservada a los “hombres
responsables”: expertos, técnicos, élites ilustradas. Sacerdotes del
poder con bata blanca.
El problema —y aquí Fazio
afila el cuchillo— es que esta visión no es una simple descripción
sociológica: es una justificación ideológica.
No dice solo “el público
no puede”, sino “el público no debe”. Y cuando alguien te dice que no
debes participar, casi siempre es porque ya decidió por ti… y no quiere
testigos incómodos.
Lippmann no desconfiaba solo de
la ignorancia popular, sino de algo más peligroso: la imprevisibilidad
democrática.
El pueblo piensa mal, sí, pero sobre todo piensa fuera de
guion. Por eso hay que “ponerlo en su lugar”: un lugar cómodo, con
palomitas, titulares simples y villanos bien señalados.
El público como
espectador interesado, no como actor. Democracia como teatro: luces,
decorado, y decisiones tomadas entre bambalinas.
El
giro perverso es este: si el público es incapaz por definición,
entonces la manipulación se vuelve una necesidad moral.
Propaganda,
fabricación de consenso, simplificación obscena de la realidad. No para
engañar —dicen— sino para ordenar el caos.
El poder no miente: traduce.
No domina: administra. Así se lava la conciencia el tecnócrata.
Pero
la historia tiene mala memoria para estas arrogancias. Cada vez que se
le dice al pueblo “no estás capacitado”, lo que sigue no es estabilidad,
sino resentimiento. Y el resentimiento, cuando aprende a hablar, no
pide permiso. Ahí nacen los monstruos que luego las élites dicen no
entender.
Fazio deja claro lo que Lippmann quiso
normalizar: una democracia vaciada, donde votar es el gesto máximo
permitido y pensar colectivamente es una insolencia.
El ciudadano
reducido a público; la política, a espectáculo; el poder, a club
privado.
En resumen:
Lippmann no temía a la ignorancia del pueblo.
Temía a su despertar.
Y
quizá por eso su receta sigue viva: porque todavía hay muchos “hombres
responsables” convencidos de que gobernar es un arte demasiado fino como
para dejarlo en manos de quienes lo padecen.
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