I. Lo que hicieron (sin mito, sin consigna)
Un grupo de hombres decidió actuar sin permiso de la Historia.
No esperaron:
-
elecciones,
-
condiciones “maduras”,
-
consensos,
-
ni garantías de éxito.
Hicieron algo que el liberalismo no puede justificar con sus categorías:
apostaron el cuerpo antes que el procedimiento.
El Granma no fue un acto simbólico: fue una ruptura material. Cruzaron el punto sin retorno. Desde ese momento, no había marcha atrás, ni negociaciones limpias, ni salidas elegantes.
Era ganar o desaparecer.
No tomaron el poder porque las instituciones se los cedieran.
Las instituciones eran el problema.
No apelaron primero a derechos abstractos, sino a:
-
lealtad,
-
disciplina,
-
sacrificio,
-
convicción.
Eso es clave: la revolución no comenzó como discurso, sino como riesgo físico.
II. Primer golpe al liberalismo: demuestra que la Historia no siempre avanza por consenso
El liberalismo se cuenta a sí mismo una fábula cómoda:
que el progreso ocurre cuando:
-
las ideas convencen,
-
los mercados ajustan,
-
las instituciones canalizan.
La épica cubana dice lo contrario:
a veces la Historia avanza cuando un grupo minoritario rompe el tablero.
Eso es intolerable para el liberalismo porque:
-
legitima la acción minoritaria,
-
relativiza el voto como único motor del cambio,
-
muestra que el poder real no siempre se derrota con argumentos.
La pregunta que queda flotando es peligrosa:
¿y si los cambios decisivos no nacen del procedimiento correcto, sino del conflicto?
III. Segundo golpe: revela que el Estado liberal también nació con violencia (pero lo quiere olvidar)
Aquí está la hipocresía central.
El liberalismo condena la épica revolucionaria como violenta,
pero oculta que:
-
las revoluciones liberales fueron sangrientas,
-
los Estados liberales se fundaron con guerras,
-
la propiedad privada se impuso con despojo.
La épica del Che les recuerda su propio origen, y eso incomoda.
Porque mientras el liberalismo quiere presentarse como:
orden, ley, civilización
la épica cubana grita:
todo orden nació de una ruptura previa.
Y eso les rompe el espejo.
IV. Tercer golpe: introduce una ética que no es individualista
La épica revolucionaria se sostiene en valores antilibérales:
-
el colectivo por encima del individuo,
-
la causa por encima del cálculo personal,
-
la muerte como posibilidad asumida.
Para el liberalismo, el sujeto ideal es:
-
prudente,
-
propietario,
-
conservador de sí mismo.
El guerrillero épico es lo opuesto:
-
arriesga,
-
se disuelve en el grupo,
-
acepta perderlo todo.
Eso no cabe en la antropología liberal.
No es que la refuten: no saben qué hacer con ella.
V. Cuarto golpe: demuestra que la épica no necesita permiso moral previo
El liberalismo exige siempre:
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legitimación externa,
-
legalidad previa,
-
aprobación internacional.
La épica cubana se legitima después, no antes.
Primero actúa, luego la Historia juzga.
Eso es insoportable para una ideología que quiere:
reglas claras antes de cualquier acto.
La revolución dice:
cuando las reglas son el candado, romperlas es la única ética posible.
VI. Por eso no discuten la épica: la patologizan
Por eso muchos liberales no debaten esta historia, sino que:
-
la reducen a locura,
-
la llaman aventura irresponsable,
-
la explican como manipulación.
No la enfrentan en serio porque si la toman en serio, se abre una grieta peligrosa:
¿y si el orden actual no es el único horizonte posible?
Cierre
La épica del Che incomoda al liberalismo no porque sea perfecta,
sino porque funciona como prueba histórica de algo que preferiría negar:
👉 que el poder no siempre cae por persuasión,
👉 que la Historia no pide permiso,
👉 y que a veces un puñado de cuerpos decididos pesa más que mil editoriales.
I. El hecho incómodo
Es verdad:
hay cientos de relatos —libros, documentales, series— que narran el arranque “brillante” de la maquinaria nazi:
-
la eficacia del Blitzkrieg,
-
la disciplina alemana,
-
la audacia estratégica,
-
la rapidez con la que cayeron países enteros.
Y eso, en muchos círculos liberales, no provoca el mismo escándalo moral que la épica revolucionaria cubana.
¿Por qué?
II. Porque esa épica no amenaza el orden liberal, lo confirma
La clave es esta:
👉 la épica nazi se narra como desviación monstruosa,
👉 la épica revolucionaria se narra como posibilidad latente.
Cuando se cuenta la historia militar de Hitler, el marco es siempre:
“fue impresionante, pero terminó en desastre”.
Eso la vuelve segura. Es un pasado cerrado, condenado, sin futuro político posible.
En cambio, la épica del Che no está clausurada:
-
sugiere que pequeños grupos aún pueden desafiar órdenes injustos,
-
que la Historia no está terminada,
-
que el poder puede ser derrocado desde abajo.
Eso sí asusta.
III. Porque Hitler sirve como “mal absoluto” funcional
El liberalismo necesita un villano absoluto para:
-
reafirmarse como centro moral,
-
evitar mirar sus propias violencias,
-
cerrar cualquier comparación incómoda.
Hitler cumple ese papel a la perfección.
Narrar su eficiencia inicial no legitima su causa, porque:
-
ya está condenado moralmente,
-
no ofrece un horizonte político alternativo,
-
no interpela al presente.
Es una épica sin herencia.
La revolución cubana, en cambio, sí tiene herederos posibles.
Y eso es intolerable.
IV. Porque la épica nazi puede separarse de su ideología; la otra no
Los relatos sobre Hitler suelen hacer esto:
-
separan la técnica de la causa,
-
admiran la logística sin cuestionar el sistema que la produjo,
-
convierten la guerra en un fenómeno casi ingenieril.
Eso permite una fascinación “neutral”.
Con la revolución cubana no se puede hacer lo mismo:
-
su técnica está unida a su ideología,
-
su épica implica una ética,
-
obliga a tomar postura.
No es un espectáculo: es una pregunta viva.
V. Porque una épica refuerza jerarquías, la otra las rompe
La épica nazi exalta:
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orden,
-
obediencia,
-
jerarquía,
-
eficiencia vertical.
Valores que el liberalismo tolera e incluso admira cuando se presentan como “gestión” o “capacidad organizativa”.
La épica revolucionaria exalta:
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insubordinación,
-
igualdad radical,
-
desobediencia,
-
ruptura del mando tradicional.
Eso sí es peligroso.
VI. Porque una se convierte en advertencia, la otra en tentación
Hitler es narrado como:
“miren lo que pasa cuando se rompe el equilibrio”.
El Che es narrado como:
“miren lo que pasa cuando alguien se atreve”.
Una historia sirve para disciplinar.
La otra, para encender.
Y el liberalismo prefiere ciudadanos advertidos, no ciudadanos incendiados.
VII. Cierre brutal
No incomoda que se cuente la eficacia inicial de Hitler porque:
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no cuestiona el presente,
-
no ofrece modelo,
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no convoca acción.
Incomoda la épica revolucionaria porque:
-
sí interpela,
-
sí abre posibilidad,
-
sí recuerda que el orden no es natural.
Por eso se permite estudiar con fascinación la guerra nazi,
pero se exige condena previa, permanente y ritual cuando se habla del Che.
No es una cuestión moral.
Es una cuestión de control del imaginario.
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