Fragmento de un soldado alemán del frente oriental
(Extraído
del libro “Soldaten: On Fighting, Killing, and Dying” de Sönke Neitzel y
Harald Welzer. Este libro se basa en grabaciones secretas que los
británicos hicieron a prisioneros de guerra alemanes en sus celdas).
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“Cuando entramos a la aldea, los partisanos ya se habían ido. Sólo
quedaban mujeres y ancianos. Uno de los nuestros empezó a disparar.
Después, los demás lo siguieron. No me gustó, pero no podía quedarme
atrás. Si no disparabas, eras débil. Nadie te obligaba, pero todos
sabían lo que debías hacer.”
Análisis y desmontaje:
1. “No me gustó, pero no podía quedarme atrás”
→
Aquí aparece lo que los psicólogos llaman presión del grupo y
disonancia moral. No hay una orden explícita, pero hay una cultura de
violencia que premia la brutalidad y castiga la compasión.
2. “Si no disparabas, eras débil”
→
La hombría, el honor militar y la obediencia se mezclaban con ideología
nazi. Ser “débil” era peor que matar civiles. Esta frase muestra que el
crimen se convirtió en norma interna, no una excepción.
3. “Nadie te obligaba, pero todos sabían lo que debías hacer”
→
Esta es una de las frases más reveladoras. No había una pistola en la
cabeza, pero había una estructura social y simbólica que empujaba al
crimen.
Es una excusa que intenta limpiar la conciencia, pero a la vez admite que sabían lo que hacían.
¿Cómo se desmantela este testimonio?1. El contexto lo desmiente:
En
muchas zonas del frente oriental, los soldados alemanes participaron
voluntariamente en masacres, violaciones, saqueos y quema de aldeas,
incluso sin órdenes directas. Muchos lo hacían por ideología, otros por
odio, otros por recompensa.
2. Hay diarios que celebran la violencia:
Algunos soldados escribieron cosas como: “Hoy matamos a veinte judíos. Fue un buen día.” No hay remordimiento, solo rutina.
3. Las grabaciones secretas eran sinceras:
Como
no sabían que los grababan, hablaban con naturalidad. Eso da un valor
brutal a esos fragmentos: no están intentando justificarse. Y aún así,
lo que dicen muestra la normalización del crimen.
Conclusión:
Los
soldados comunes no eran robots sin voluntad. Muchos eligieron
participar en la violencia o prefirieron callar antes que oponerse.
Y
eso es lo más perturbador: la mayoría de los genocidios no los cometen
monstruos, sino gente “normal” que decide adaptarse a lo monstruoso.
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