La fascinación por Porfirio Díaz viene de varios factores, muchos de ellos muy emocionales y no estrictamente objetivos:
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El mito del “orden y progreso”: Díaz logró estabilidad después de décadas de guerras y conflictos internos. Para algunos, eso eclipsa los abusos, la represión y la desigualdad que también marcaron su régimen. La gente tiende a valorar lo que da sensación de seguridad, aunque venga a costa de libertades.
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La narrativa económica: Se le recuerda por los ferrocarriles, la modernización de ciudades y la atracción de inversión extranjera. En el discurso popular, eso se traduce en progreso tangible, aunque ese “desarrollo” fue muy desigual y privilegió a una élite.
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Romanticismo del pasado: Como en tu texto, el Porfiriato se puede ver como una época de caballos, locomotoras y grandes obras, casi poética. La gente tiende a idealizar épocas pasadas, olvidando sufrimientos, huelgas reprimidas y explotación laboral.
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Polarización política actual: En tiempos de incertidumbre o decepción con gobiernos contemporáneos, algunos buscan héroes en el pasado. Díaz se convierte en un símbolo de autoridad y eficacia, aunque no moral ni democrática.
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Ignorancia histórica o educación sesgada: Muchos comentarios en redes reflejan versiones simplificadas o románticas, sin contexto crítico. La historia oficial, los libros de texto y los mitos familiares muchas veces han suavizado los abusos del Porfiriato.
En pocas palabras, la gente que lo defiende no necesariamente está haciendo un análisis histórico profundo. Más bien responde a emociones, nostalgia, un deseo de orden o un atractivo por la figura de “hombre fuerte que hizo cosas grandes”.
Vamos a poner los hechos claros, para que la narrativa romántica del Porfiriato se vea en su justa dimensión:
1. Represión política y control social
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Porfirio Díaz se mantuvo en el poder por más de 30 años, en buena medida mediante la reelección continua, algo que hoy sería impensable en democracia.
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La prensa crítica era censurada; opositores eran exiliados, encarcelados o incluso asesinados.
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El sistema de los “científicos”, su círculo de asesores, controlaba casi todos los aspectos políticos y económicos, centralizando el poder en pocas manos.
Ejemplo: Huelgas como la de Cananea (1906) y Río Blanco (1907) fueron reprimidas con violencia, dejando decenas de muertos entre obreros que exigían mejores condiciones laborales.
2. Explotación laboral y desigualdad
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El Porfiriato impulsó la inversión extranjera, pero eso significó trabajo barato y condiciones extremas para obreros y campesinos.
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Campesinos fueron despojados de tierras comunales para grandes haciendas y empresas, generando pobreza rural masiva.
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La riqueza se concentró en unas cuantas familias, mientras la mayoría de mexicanos vivía en pobreza absoluta.
Dato: Mientras Díaz mostraba ferrocarriles y modernización urbana, más del 80% de la población vivía en la miseria y sin acceso a servicios básicos.
3. Centralización autoritaria
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Cualquier voz disidente era considerada peligrosa. La figura del “orden” por encima de la libertad política marcó la forma en que gobernaba.
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Las elecciones eran simuladas, con resultados manipulados para perpetuarlo en el poder.
Consecuencia: La democracia real quedó completamente bloqueada, lo que luego desencadenó la Revolución Mexicana de 1910.
4. Imagen de progreso desigual
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Es cierto que construyó ferrocarriles, modernizó ciudades y atrajo inversión extranjera. Pero:
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Esto benefició principalmente a la élite y a capital extranjero.
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La población rural y obrera no veía esos avances como propios.
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En resumen, Díaz puede parecer un “gran presidente” si solo se ve la modernización física de México, pero ese progreso se pagó con represión, explotación y concentración de poder y riqueza. La admiración sin contexto es, en gran medida, una romantización histórica.

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