En la actualidad se cometen delitos por todas partes con el empleo de productos químicos, por ejemplo, el aniquilamiento de los insectos en la agricultura y particularmente la fruticultura, pero la miopía es casi idéntica en cuanto se refiere a la farmacopea. Los biólogos inmunoquímicos expresan serias dudas sobre el empleo generalizado de los medicamentos. La psicología del «proveerlo incontinenti por necesidad» —sobre la cual haré unos comentarios adicionales en el capítulo IV — hace culpables de una irreflexión evidentemente delictiva a muchos sectores de la industria química en relación con la venta de remedios cuyos efectos retardados son de todo punto imprevisibles. En cuanto concierne al futuro ecológico de la agricultura —y no sólo eso, sino también respecto a las conveniencias médicas— impera una temeridad rayana en lo inverosímil. Quienes han formulado prevenciones contra el empleo imprudente de sustancias tóxicas, se han visto desacreditados y finalmente obligados a enmudecer sometidos a presiones ignominiosas.
viernes, 6 de mayo de 2022
Así pues, la Humanidad civilizada se encamina por sí sola hacia su ruina ecológica mientras asola, con obcecación y vandalismo, la Naturaleza que le circunda y nutre. Tal vez reconozca sus errores cuando sienta por vez primera las secuelas económicas de tal actitud, pero entonces probablemente será demasiado tarde. Sin embargo, lo que menos percibe es el daño causado a su alma en el curso de ese bárbaro proceso. La ruindad estética y ética de la civilización actual es imputable, en gran medida, al distanciamiento generalizado y acelerado de la naturaleza viva. ¿Dónde encontrará inspiración el hombre de la generación futura para respetar esto o aquello, si todo cuanto ve en torno suyo es obra humana, y, por cierto, una obra humana excepcionalmente sórdida y disforme? Incluso el firmamento estrellado se oculta a la mirada del ciudadano con los rascacielos y el enrarecimiento químico de la atmósfera. Por consiguiente, no es nada extraño que el progreso civilizador lleve como cortejo un afeamiento deplorable de la ciudad y del campo.
Konrad Lorenz
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