viernes, 19 de marzo de 2021

 A menudo se acusa a las doctrinas imperantes de usar «un doble rasero». El término resulta engañoso. Es más preciso describirlo como un rasero único, claro e inconfundible, la vara de medir que Adam Smith calificó de «vil máxima de los amos de la humanidad: [...] Todo para nosotros, y nada para los demás». Han cambiado muchas cosas desde entonces, perola vil máxima prospera” El rasero único está tan arraigado que pasa desapercibido. Tómese el «terror», el tema por excelencia de la actualidad. Existe un rasero único palmario: «su» terror contra nosotros y nuestros clientes es el mal definitivo, mientras que «nuestro» terror contra ellos no existe o, si existe, es del todo pertinente. Una muestra clara es la guerra terrorista de Washington contra Nicaragua en la década de 1980, un caso incontrovertible, al menos para quienes crean que el Tribunal Internacional de Justicia y el Consejo de Seguridad de la ONU —que condenaron ambos a Estados Unidos— tienen algo que decir en estos asuntos. El Departamento de Estado confirmó que las fuerzas dirigidas por Estados Unidos que atacaban Nicaragua desde bases norteamericanas en Honduras habían recibido autorización para actuar contra «objetivos blandos», es decir, objetivos civiles indefensos. Una protesta de Americas Watch suscitó una cortante respuesta por parte de un respetado portavoz de «la izquierda», el director de The New Republic, Michael Kinsley, quien pacientemente explicó que los ataques terroristas a blancos civiles debían evaluarse con criterios pragmáticos: una «política sensata [debería] superar la prueba del análisis coste-beneficio» en el sentido de «la cantidad de sangre y miseria que se derramará, y la probabilidad de que surja la democracia al final del camino»; «democracia» tal y como la definían las elites estadounidenses, claro está.

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