Hace medio siglo, en julio de 1955, Bertrand Russell y Albert Einstein hicieron público un extraordinario llamamiento a los habitantes del mundo, en el que les pedían que «dejaran de lado» el furor que les inspiraban muchos temas y se considerasen «meros miembros de una especie biológica que ha tenido una historia extraordinaria, y cuya desaparición ninguno podemos desear». La alternativa que se le planteaba al mundo era «descarnada, espantosa e ineludible: ¿pondremos fin a la raza humana, o renunciará la humanidad a la guerra?».! El mundo no ha renunciado a la guerra. Todo lo contrario. A estas alturas, la potencia mundial hegemónica se arroga el derecho de librar la guerra a su voluntad, bajo una doctrina de «legítima defensa anticipatoria» sin límites declarados. El derecho internacional, los tratados y las reglas de orden mundial se imponen a los demás con severidad y grandes aspavientos de superioridad moral, pero se descartan como irrelevantes para Estados Unidos, una práctica con mucha historia que las Administraciones Reagan y Bush II han llevado a nuevas cotas.? Entre las más elementales de las obviedades morales se encuentra el principio de la universalidad: debemos aplicarnos las mismas normas que a los demás, cuando no unas más férreas. Dice mucho de la cultura intelectual de Occidente el que este principio se pase por alto con tanta frecuencia y que, si alguna vez se menciona se condene como indignante. Resulta especialmente vergonzoso en aquellos que se jactan de su devoción cristiana, y en consecuencia es probable que al menos hayan oído hablar de la definición del hipócrita de los Evangelios.
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