miércoles, 10 de marzo de 2021

 Cuando investigaba el juicio de Eichmann para el Neto Yorker, Arendt llegó a la conclusión de que la acusación se equivocaba al intentar retratarlo como un monstruo sádico cuando sólo se trataba de un burócrata simplón y meticuloso que pasaba horas en su despacho revisando papeles y acatando órdenes. En otras palabras, era un conformista: Milgram concibió su experimento precisamente para poner a prueba la tesis de Arendt sobre lo que ella denominaba la «banalidad del mal». En aquel momento, Arendt estaba recibiendo duras críticas por atreverse a sugerir que un nazi como Eichmann pudiera ser otra cosa que el demonio encarnado. Los experimentos de Milgram ayudaron enormemente a silenciar estas detracciones y a integrar el concepto de «banalidad del mal» en nuestro estudio de la naturaleza humana. Milgram también contribuyó a hacer más creíbles los crecientes paralelismos entre el fascismo y la «sociedad de masas» estadounidense. El conformismo se estaba convirtiendo velozmente en uno de los pecados capitales de nuestra sociedad.

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