"La piedra de toque sería determinar hasta qué punto están dispuestos los trabajadores a desmontar grandes sectores de la estructura industrial con fines distintos de la eficiencia, la productividad y el alto consumo. ¿Serían capaces de olvidar las prioridades tecnocráticas en pos de una vida más sencilla, un ritmo social más pausado, un ocio elemental?» Aquí vemos cómo los intereses tradicionales de la clase trabajadora se ven reducidos a simples "prioridades tecnocráticas». Pero Roszak puede estar cometiendo la simpleza de intentar imponer los intereses de la clase intelectual y académica -libertad de imaginación, "una vida más sencilla"- al resto de la población (argumentando que no aceptarlos es ser víctima de la tecnocracia). Lo malo de creer que todos somos víctimas de una ideología total es la imposibilidad de decidir qué factores apoyan o desmienten esta tesis. En cualquier caso, parece claro que a los trabajadores no les interesaba demasiado liberar su imaginación. En vez de abarrotar las galerías de arte y los recitales de poesía, han seguido teniendo una afición malsana por los deportes, la televisión y las bebidas alcohólicas. Naturalmente, esto alimenta la molesta sospecha de que al gran público le pueda gustar el capitalismo, que pueda realmente querer tener productos de consumo. Parece sugerir que la incapacidad del capitalismo para satisfacer las «necesidades profundas» de la gente quizá no sea tan grave sencillamente porque esas necesidades profundas no existen. En otras palabras, los académicos parecen haber confundido los intereses de su propia clase social con los intereses generales de la población, dando por hecho que «lo bueno para mí» es «lo bueno para la sociedad» (¡ni mucho menos son los primeros en cometer un error semejante!). La incómoda suposición de que al gran público pueda gustarle el capitalismo se ve reforzada por la constatación de que la rebeldía contracultural no parece servir para nada. Al contrario que en Pleasantville, donde la transformación social es instantánea, radical y muy visible, en el mundo real la «libertad de imaginación» no parece estimular al proletariado y mucho menos curar la injusticia, eliminar la pobreza ni impedir la guerra. Además, a la ideología capitalista no parecen afectarle los actos de rebeldía contracultural. La sociedad conformista caricaturizada en Pleasantville es muy rígida, tanto que cualquier indicio de individualismo se considera un peligro mortal. El anticonformismo debe eliminarse, nos dicen, o desestabilizará todo el sistema
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