domingo, 7 de marzo de 2021

 Al examinar con mayor detalle las normas que rigen la interacción social diaria, vemos que un sorprendente número de ellas tienen como objetivo regular algún conflicto de acción colectiva. Tener que hacer cola, por ejemplo, siempre nos indigna, tanto si es en el banco como en el supermercado o la incorporación a una autopista. El estadounidense medio pasa más de treinta minutos al día haciendo cola para conseguir algo. Los economistas critican este modo de emplear el tiempo por considerarlo un gasto improductivo de tiempo y energía. Pero la auténtica función de las colas es acelerar la actividad general de todos nosotros. Cada individuo querría saltarse a todos los demás y ponerse al principio de la cola. Pero si todos hacemos eso, el atasco resultante frenará el proceso general y el grupo entero avanzará más despacio. La fila india es más veloz que el «mogollón». Esto resulta trágicamente obvio cuando se produce un incendio en un edificio lleno de gente y nadie hace cola en las salidas de emergencia. A menudo mueren muchas personas que podrían haberse salvado. Esto se parece algo al dilema del preso. Correr para ponernos al principio de la fila es como declarar contra nuestro compañero, es decir, mejora nuestra situación, pero siempre a costa de otros. Y cuando los demás se portan igual de mal que nosotros, el resultado es peor para todos. Por tanto, la costumbre de hacer cola redunda en beneficio de todos (aunque algunos días no lo parezca). Las normas que regulan la participación en una conversación tienen una estructura parecida (todos quieren participar, pero nadie se entera si todos hablan a la vez). Por este mismo motivo no debemos hablar en el cine, ni atravesar una intersección que no esté despejada de tráfico, ni mentir, ni orinar en lugares públicos, ni tirar basura en los parques, ni poner música alta por la noche, ni quemar hojas en los bosques, etcétera. La lista de ejemplos podría multiplicarse indefinidamente. Lo importante de estas normas es que todas representan situaciones en que todos se benefician de la obligatoriedad de la norma. Lejos de reprimir nuestros deseos y necesidades fundamentales, estas normas son precisamente lo que nos permiten satisfacerlos. Por supuesto, una vez que los usuarios aceptan la mecánica de la norma, es obvio que les constriñe, porque impide adoptar la estrategia individualista del preso que testifica contra su compañero. Pero esta coacción de hecho no es contraria a sus intereses. A veces necesitamos la amenaza de una imposición externa para emprender acciones que redundan en nuestro beneficio.

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