Dicen que el dinero no da la felicidad. Puede que sea verdad, pero la pobreza tampoco parece una buena solución. La mayoría de las personas opina, con mucha sensatez, que la prosperidad material y la felicidad tienen cierta relación entre sí, por sutil que sea. Además, numerosos estudios apoyan esta teoría. La población de los países ricos e industrializados es, en general, mucho más feliz que la de los países pobres. Los motivos parecen bastante obvios. Con una mayor riqueza tendremos más posibilidades de satisfacer nuestros deseos, necesidades y proyectos vitales. De todo esto podría deducirse que el crecimiento económico es un factor positivo. Por desgracia, en nuestra historia ha sucedido algo inesperado. Aunque está demostrado que el desarrollo económico aumenta el nivel medio de felicidad, al alcanzar un cierto grado de desarrollo el efecto desaparece por completo. Por norma general, a partir de un PIB de diez mil dólares per cápita, el crecimiento económico deja de afectar al grado medio de felicidad. En Norteamérica hace tiempo que llegamos a esa cifra. Por tanto, pese al espectacular desarrollo económico que hemos experimentado desde la II Guerra Mundial, los niveles de felicidad no han aumentado. Según algunas fuentes, incluso han disminuido. Todo esto resulta de lo más extraño. Podría suceder que conforme un país se va haciendo más rico, el crecimiento económico adicional produzca incrementos cada vez más pequeños del grado de felicidad. Pero lo más sorprendente es descubrir que, a la larga, el crecimiento no genera mejoría alguna. Cada año que pasa, nuestra economía produce más coches, casas, aparatos electrónicos, electrodomésticos, comida preparada... más de todo. Por si esto fuera poco, la calidad de los productos mejora dramáticamente año tras año. Al darnos un paseo por la típica casa norteamericana, lo que más sorprende es la abundancia de bienes materiales. ¿Cómo es posible que este cúmulo de cosas no haga felices a sus dueños? Sin embargo, rodeados como están de toda esta riqueza, los miembros de la clase media siguen estando «atrapados» económicamente. La gente cada vez trabaja más, con mayor estrés y menos tiempo libre. Parece lógico que no estén demasiado contentos. Pero ¿cómo puede un aumento de riqueza producir semejantes resultados? Siendo más ricos, ¿no deberíamos trabajar menos? La situación es tan preocupante como para que determinadas personas incluso se lleguen a plantear la validez del crecimiento económico. Al fin y al cabo, nuestra sociedad se sacrifica mucho para conseguir una alta tasa de crecimiento económico. El desempleo, la inseguridad laboral, la desigualdad social y la degradación medioambiental son sólo algunas de las lacras que soportamos a cambio de mantener saneada la economía. Pero si la creciente prosperidad no nos hace más felices, ¿de qué nos sirve' Parece que, como poco, hemos confundido nuestras prioridades. Pensemos en la imagen que teníamos de nuestro futuro. Supuestamente, la mecanización y los electrodomésticos iban a eliminar casi por completo la necesidad de trabajar. Pero en los últimos veinte años ha aumentado el número de horas que los norteamericanos dedican a trabajar. La creciente productividad tenía que haber producido una riqueza generalizada, y elimina, con la pobreza tal como la conocemos. Sin embargo, pese a que en Canadá el PIB se ha duplicado desde los años setenta, el nivel de pobreza básica sigue siendo el mismo. ¿Y qué fue de aquellos coches voladores que nos anunciaban, o esos trenes de alta velocidad no contaminantes? El transporte se ha convertido en una pesadilla para la mayoría de los habitantes de las ciudades. Y para colmo de males, en Norteamérica el promedio de vehículos no contaminantes ha descendido. ¿Quién hubiera imaginado hace treinta años que las cosas ibar. a salir así? ¿Cómo es posible haber aumentado tanto nuestra riqueza sin haber logrado mejorar realmente nuestro nivel de satisfacción? Nos repiten constantemente que nuestra sociedad no puede "permitirse el lujo» de tener una sanidad ni una educación públicas. Pero entonces, ¿cómo lográbamos hacerlo hace treinta años, cuando el país era la mitad de rico que ahora? ¿Qué pasa con todo ese dinero? La respuesta es bastante clara. El dinero se gasta en compra: productos de consumo privado. Pero si este nivel de vida no nos hace felices, ¿por qué queremos seguir teniéndolo? Parece haber algo patológico en los hábitos de consumo de nuestra sociedad. Estamos obsesionados con comprar más y más cosas, aunque esto nos exija hacer sacrificios absurdos en otras parcelas de nuestra vida. Este comportamiento compulsivo es el que los críticos denominan «consumismo». Pero identificar la compulsión no es lo mismo que explicarla. Si el consumismo tiene efectos tan negativos, ¿por qué seguimos practicándolo? ¿Seremos como esos niños que siempre comen demasiada tarta aunque sepan que les va a dar dolor de estómago?
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