Según la teoría marxista, lo que impide la llegada de la utopía es el clasismo capitalista. Aunque en un principio el capitalismo propició la innovación y el cambio, con el tiempo las relaciones de clase se han convertido en «grilletes» que impiden el desarrollo de una tecnología productiva. Al fin y al cabo, si las fábricas están plenamente mecanizadas, ¿qué motivos puede haber para mantenerlas en manos privadas? ¿Qué aporta un empresario capitalista? Ni siquiera genera empleo. Entonces, ¿no será mejor nacionalizar las fábricas y dejar a los trabajadores disfrutar de los beneficios que producen? Así fue cómo la crítica social freudiana se unió al análisis marxista del clasismo. A Marx le preocupaba especialmente la explotación de la clase trabajadora ya Freud le interesaba la represión de toda la población. De la síntesis de ambas teorías nació un nuevo concepto: la opresión. Un sector oprimido es como una clase social porque mantiene una relación de poder asimétrica con respecto a los demás sectores. Pero se diferencia de una clase social porque no ejerce su relación de poder mediante un mecanismo institucional anónimo (como el sistema de derechos de la propiedad), sino mediante una forma de dominio psicológico. En otras palabras, los miembros de los grupos oprimidos están reprimidos por pertenecer a un grupo sometido. ¿Quiénes son los oprimidos? Fundamentalmente las mujeres, la población negra y los homosexuales. La «política de la opresión» tiene un cierto parecido con la «política de la explotación». La diferencia es que sitúa la raíz del problema en el terreno psicológico, no en el social. No quiere transformar instituciones concretas, sino transformar la mentalidad de la clase oprimida (de ahí la enorme popularidad que tuvieron los «grupos de concienciación» en los primeros tiempos del feminismo). La política empezará a parecerse a un plan de autoayuda. El asunto de la riqueza y la pobreza pasará a considerarse «superficial». Roszak, por ejemplo, argumenta que con el desarrollo de la contracultura «la revolución tendrá un carácter fundamentalmente terapéutico y no meramente institucional>, (resulta curioso ese concepto de «meramente institucional» ). Este modo de pensar tuvo una amplia difusión. Charles Reich, en The Greening o/America', escribía que «la revolución debe ser cultural. La cultura controla el mecanismo económico y político, y no al contrario. El mecanismo produce lo que quiere y obliga a las personas a comprarlo. Pero si cambia la cultura, al mecanismo no le quedará más remedio que adaptarse». A nadie le llamó la atención que en la canción «Revolution» los Beatles no recomendaran cambiar la «constitución» o cualquier otra «institución», sino «liberar tu mente». Vemos aquí una imagen implícita del funcionamiento de la sociedad, con una relación de dependencia jerárquica entre el conjunto de las instituciones sociales, la cultura y, por último, la psicología individual. Se considera que los dos últimos elementos condicionan el primero. Es decir, si se quiere cambiar la economía, hay que cambiar la cultura y si se quiere cambiar la cultura, es fundamental cambiar la mentalidad de las personas. Esto produjo dos conclusiones fatídicas. La primera fue aceptar que la política cultural era más importante que la política tradicional de justicia distributiva. Todo acto de inconformismo debía producir importantes consecuencias políticas, incluso aunque el acto en sí no fuese «político» o «económico» en el sentido tradicional de la palabra. La segunda conclusión (quizá incluso más inútil que la primera) fue la idea de que cambiar la mentalidad individual era más importante que cambiar * Best-seller estadounidense publicado en 1970 cuyo título podría traducirse por "El rejuvenecimiento de Estados Unidos» y que vaticinaba una nueva y floreciente era contracultural en la que coexistían elementos tan contradictorios como las drogas sintéticas y la comida orgánica. Hoy en día, esta obsesión por la conciencia individual suele articularse mediante los programas de autoayuda, pero en la década de 1960 la filosofía utópica se canalizó masivamente hacia la cultura de la droga. Ahora cuesta creerlo, pero en aquel entonces la gente estaba convencida de que el uso generalizado de marihuana y LSD iba a solucionar todos los problemas de la sociedad y que podía afectar a la geopolítica, eliminar la guerra, solucionar la pobreza y crear un mundo de «paz, amor y comprensión». Muchos de los experimentos de Timothy Leary pretendían «expandir la conciencia» eliminando el efecto de la socialización y alterando los «vestigios» que cada individuo recibe al nacer. Pero no sólo los gurus autodidactas como Leary cayeron en esta trampa. Incluso un crítico serio como Roszak hace la siguiente observación: «La "revolución psicodélica" puede reducirse a un sencillo silogismo: si cambiamos la mentalidad actual podremos cambiar el mundo; el uso de drogas ex opera operato altera nuestra mentalidad. Por lo tanto, el empleo generalizado de la droga cambiaría el mundo». La idea de que tomar drogas pudiera ser revolucionario se veía obviamente reforzada por la existencia de las leyes antidroga. Los revolucionarios contraculturales veían una lógica en todo ello. El alcohol, que atonta y adormece los sentidos, es completamente legal. Mientras papá siga tomándose un whisky al salir de trabajar, podrá seguir aguantando su infierno doméstico. Pero la marihuana y el LSD, en vez de anular los sentidos, sirven para liberar la mente. Por eso están prohibidos por el «sistema». Estimulan el inconformismo y son una amenaza demasiado grande para el orden establecido. Por eso el gobierno te manda a la "pasma» a casa a «levantarte el alijo». Y por eso Ronald Regan creyó necesario declarar la «guerra a la droga». Por supuesto, cuando falla la represión siempre queda la cooperación. Y aquí hacen su aparición las compañías farmacéuticas, que venden «versiones legales» de las mismas drogas, pero sin ese matiz tan subversivo de la «apertura mental". Quien compre drogas como anfetas y poppers', acabará como un personaje del libro El valle de las muñecas, otra «siniestra parodia de la libertad y la felicidad" (hoy en día la transformación de Estados Unidos en una «Nación Prozac» sigue considerándose una desviación o integración forzosa de la contracultura, en vez de una consecuencia lógica) . Como explicación de esta interpretación contracultural de las leyes antidroga hay que tener en cuenta, por supuesto, la desinformación sobre el efecto de todas estas sustancias, incluido el alcohol. La idea de que la marihuana libera la mente sólo puede mantenerse cuando se está precisamente bajo sus efectos. Cualquiera que esté sobrio sabe que los fumadores de marihuana son las personas más aburridas del mundo. Además, pensar que el alcohol es menos transgresor que las drogas estupefacientes o psicodélicas revela un profundo desconocimiento de la historia del alcohol. La reivindicación del LSD en la década de 1960 es casi idéntica a la de la absenta en la segunda mitad del siglo XIX. Precisamente por su naturaleza nociva y antisocial, se han hecho enormes esfuerzos para acabar con el alcohol, sobre todo en Estados Unidos con la llamada Ley Seca. Pero durante esta época, ningún grupo progresista cometió la estupidez de reivindicarlo como una sustancia positiva para la sociedad o buena para el individuo. Los comunistas y anarquistas no fomentaban el consumo de alcohol entre los trabajadores. Sabían que crear una sociedad más justa requería una cooperación mayor, no menor, por parte de toda la población. Y el alcohol sin duda no la fomentaba. Los hippies, por desgracia, tuvieron que escarmentar en cabeza propia.
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