Así es como se incorpora la crisis al modelo de la Escuela de Chicago. Cuando el dinero puede viajar de un lado a otro del planeta a gran velocidad y sin límite de cantidad, y cuando los especuladores pueden apostar por el precio de cualquier cosa, desde cacao hasta divisas, el resultado es una ingente volatilidad. Y como las políticas favorecedoras del libre comercio incitan a los países pobres a seguir dependiendo de la exportación de recursos y materias primas, como el café, el cobre, el petróleo o el trigo, estas naciones son especialmente susceptibles de quedar atrapadas en un círculo vicioso de crisis continuas. Un descenso repentino del precio del café hace que economías enteras sufran una depresión que se ve luego agravada por los comerciantes de divisas que, a la vista del empeoramiento de la situación financiera de un país, reaccionan apostando contra su moneda, lo que hace que se desplome su valor, Si añadimos la subida de los tipos de interés y la consiguiente escalada inmediata de las deudas nacionales, nos hallamos ante un escenario de caos económico potencial. Los partidarios de la Escuela de Chicago suelen hablar del período iniciado a mediados de los años ochenta como una marcha triunfal, sencilla y sin problemas, de su ideología: los numerosos países que se sumaban a la ola democrática no dejaban pasar la ocasión para celebrar -como si de una epifanía colectiva se tratase-la necesaria coincidencia entre «ciudadanía libre» y «mercados libres» y sin limitaciones. Pero esa epifanía fue siempre ficticia. Lo que sucedió en realidad fue que los ciudadanos, en el momento mismo en que recuperaban por fin las libertades que se les habían negado durante tanto tiempo y dejaban atrás las cámaras de tortura de dirigentes del estilo del filipino Ferdinand Marcos o del uruguayo Juan María Bordaberry, se vieron sacudidos por un auténtico huracán de shocks financieros, shocks de deudas, de precios y monetarios-generados por una economía global desregulada y cada vez más volátil.
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