miércoles, 31 de marzo de 2021

 John Maynard Keynes, que encabezaba la delegación británica, estaba convencido de que el mundo se había dado cuenta, por fin, del peligro político de dejar que el mercado se regulara por sí solo. «Pocos lo creían posible», declaró Keynes en la clausura de la conferencia, pero si aquellas instituciones se mantenían fieles a sus principios fundacionales, «la hermandad del hombre se habrá convertido en algo más que meras palabras». 24 Ni el FMI ni el Banco Mundial estuvieron a la altura de ese proyecto universal; desde el primer momento, el poder no se distribuyó sobre la base de «un país, un voto», como en la Asamblea General de las Naciones Unidas, sino en función del tamaño de la economía de cada país, un sistema que otorga a Estados Unidos un poder de veto efectivo sobre todas las decisiones importantes y permite que Europa y Japón controlen el resto. De ahí que, cuando Reagan y Thatcher llegaron al poder en la década de 1980, sus respectivas administraciones -profundamente ideologizadas-fuesen capaces de manejar ambas instituciones para satisfacer sus propios fines que incrementaran rápidamente su poder convirtiéndolas en los vehículos principales para el avance de la cruzada corporativista. La colonización del Banco Mundial y del FMI a cargo de la Escuela de Chicago fue un proceso eminentemente tácito hasta que, en 1989, John Williamson lo oficializó al revelar el que él mismo denominó «Consenso de Washington». Se trataba de un listado de políticas económicas que, según dijo, ambas instituciones consideraban en aquel momento el mínimo exigible para una buena salud económica: «el núcleo común de ideas compartidas por todos los economistas serios». 25 Aquellas políticas, camufladas bajo el manto de lo técnico e incontrovertible, incluían pretensiones y exigencias tan descarnadamente ideológicas como las de la «privatización de las empresas estatales» y la «abolición de las barreras que impiden la entrada de empresas extranjeras». 26 El listado completo equivalía punto por punto al triunvirato neoliberal de privatización, desregulación/libre comercio y recortes drásticos del gasto público preconizado por Friedman. Ésas eran las políticas, según Williamson, «que los poderes fácticos de Washington estaban fomentando insistentemente en América Latina», 27 Joseph Stiglitz, antiguo economista principal del Banco Mundial y uno de los últimos baluartes frente a la nueva ortodoxia, ha escrito que «Keynes se revolvería en su tumba si viera lo que ha sido de su criatura»

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